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Nos hacemos viejos por horas. Las generaciones de última generación, valga la chifladura, están lejos de una definición clásica de velocidad. Hasta ahora habíamos caminado a buen ritmo sobre la Tierra, porque gozábamos de una explicación humana del tiempo, muy ligada a un periplo tranquilo y sin sobresaltos. Hace bien pocos años el mando a distancia fue la llave maestra para cambiar de registros, de señales; uno se plantaba en segundos fuera de órbita y acababa así con la contemplación sosegada de un solo programa. A finales de los 90, los niños de 3 años le habían perdido el respeto al ratón del ordenador y habían descubierto la facilidad de combinar y simultanear pantallas. Y ahora, los hijos del nuevo milenio (ya llevan el marchamo de generación wap) demandan una velocidad desconocida hasta la fecha. Son los hijos-larvas de la fibra óptica, un cristal incoloro y flexible que es capaz de trastornar la definición misma del tiempo, y en este punto no hemos llegado a un suficiente debate. Muchos tópicos circulan por los medios de comunicación sobre el progreso de Internet: que nos facilita más velocidad, accesibilidad, democracia total, estas cosas que se sueltan cuando a uno se le sube la espuma de la exaltación. Pero no se nos habla de que el hombre puede perder, con tanto trote, una palabra clave que afecta a su propia definición: la espera.
El poeta observa el desvalimiento de la rosa y su crecimiento imperceptible, como un demorarse sin angustia, y se acuerda de su enamorada. El poeta espera que le venga la palabra, la rosa espera las lluvias, la enamorada espera la voz de su poeta mientras el día espera su ocaso. El pianista novel tiene que trocear durante meses aquel Impromptus de Schubert para dar por fin con su alma, y el Hijo de Dios esperó a la plenitud de los tiempos para encarnarse. Pero el milenio nos ha envuelto en papel cuché el regalo de la descarga. ¿Que apetece volver a ver El Padrino?; se descarga; ¿que perdimos aquel disco de los Platers que tantos recuerdos nos traía?; se descarga. Los segundos ya no cuentan. La carrera de coches de Rebelde sin causa no es más que un paseo de caracoles. No es que ganemos en velocidad, es que perdemos el sosiego de la rosa, ese demorarse sin angustia. Y esta carencia afecta a las relaciones humanas. A la generación wap (la gnracion wap) se le caen las letras. Las generaciones de última generación no pueden expresarse en el tiempo de sus ancestros, sino que tienen el deber de arrojar lastre, aunque le manden barro al idioma. Lo decía recientemente el periodista David Denby en el New Yorker: Incluso cuando no tenemos nada que hablar con otro, demandamos una forma acelerada de decirlo. Es hora de mirar a la rosa. Javier Alonso Sandoica |