RetrocesoA&ONº 242/11-I-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
II Domingo del tiempo ordinario
El vino nuevo
El evangelio de San Juan, en este domingo, nos presenta un Jesús muy humano, participando en un banquete nupcial. ¿Por qué el evangelista ha deseado contarnos este hecho de forma tan minuciosa y tan lleno de símbolos? Porque san Juan, ya desde el comienzo de su evangelio (no olvidemos que estamos tan sólo en el capítulo 2), ha querido hacer teología profunda: sustituir la ley antigua (la de Moisés) por una ley nueva (la del amor, que hace nuevas todas las cosas). Recordemos algunos de los elementos de los que se sirve el narrador: el marco de una boda, que simboliza las relaciones estrechas entre Dios y su pueblo, o entre Dios y la Humanidad; el vino que, como se puede leer en el Cantar de los cantares, es símbolo del amor entre los esposos y, según el profeta Isaías, signo del Mesías esperado ya entre nosotros; unas tinajas de piedra vacías, que simbolizan la ley antigua, la esculpida en piedra por Moisés, que ya no da ni vida ni alegría; la falta de vino y el cambio de agua en vino, que viene a decirnos cómo Cristo mismo es la vida nueva y el nuevo símbolo de la ley: el amor. Y, en cuanto a los personajes que entran en escena, observemos que es la primera vez que Jesús, por sí mismo, en el evangelio de Juan, asume un protagonismo especial; la madre de Jesús y el maestresala representan a la antigua alianza, si bien María es el resto de Israel que permaneció fiel a las promesas (anawin), y el maestresala el resto que no sabrá ver ni apreciar en Jesús la novedad; los sirvientes, tal vez sin darse cuenta, simbolizan a los discípulos y seguidores de Jesús, quienes harán lo que Él les diga.

Pero, dejando los símbolos y los personajes, vayamos al núcleo del mensaje. ¿Qué nos quiere decir el Señor con este pasaje evangélico? Al menos, dos cosas bien concretas y bien profundas, que se pueden resumir en una sola: no separar Rey y Reinado (obras). En cuanto a lo primero, al Rey, hay que subrayar con fuerza que Jesucristo es la novedad absoluta y el único mediador y Salvador. En este sentido, es posible que durante muchos años hayamos estado cerca de Él y, sin embargo, Él no haya sido ni el centro de nuestra vida ni nuestro sanador profundo. A lo sumo, un maestro, fuera de nosotros, o un gran personaje digno de admiración. Pero no nuestro Señor. En cuanto a lo segundo, las obras del Reinado, especialmente en favor de los más necesitados, recuerdan las palabras del teólogo J.B Metz: el cristianismo no financia un viaje al Olimpo de los dioses, sino una mística de los ojos abierto. De otra manera expresado, no podemos vivir cerrados en nosotros mismos, ni en nuestro grupo. La apertura a los demás con nuestra cabeza, corazón y manos es la actitud primera y básica de nuestro ser y vivir como cristianos coherentes.

Una invitación final: estamos llamados a realizar signos de novedad en una sociedad que, a veces, sólo encuentra caminos viejos y cansados de derrotismo y resignación. Pero con una condición: vivir una relación personal con el Rey y hacer las obras que Él nos dice, y que van tejiendo el Reinado.

Raúl Berzosa Martínez