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Carta apostólica Al comenzar el nuevo milenio Novo millennio ineunte (Al comenzar el nuevo milenio) es el título de la Carta Apostólica que Juan Pablo II firmó ante el pueblo de Dios congregado en la Plaza de San Pedro, el 6 de enero. Está dividida en cuatro partes: El encuentro con Cristo, herencia del gran Jubileo; Un rostro para contemplar; Caminar desde Cristo; y Testigos del amor. Alfa y Omega, que ofrecerá el texto íntegro en su próximo número, resume en esta página las ideas esenciales de este espléndido regalo de Reyes del Papa a la Iglesia: - Es imposible medir la efusión de gracia que, a lo largo del año, ha tocado las conciencias. Había pensado en este Año Santo del 2000 como un momento importante desde el inicio de mi pontificado. Sobre todo es necesario pensar en el futuro que nos espera y aprovechar el tesoro de gracia recibido. El cristianismo es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no sólo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de sus criaturas. 2000 años de historia han pasado sin disminuir la actualidad del nacimiento del Señor. - Sin ceder a fantasías milenaristas, el cristianismo es la religión que ha entrado en la Historia. Este Año Jubilar ha estado fuertemente caracterizado por la petición de perdón. Frecuentemente me he parado a mirar las largas filas de peregrinos , una participación realmente impresionante. Los jóvenes, una vez más, han sido para la Iglesia un don especial del Espíritu de Dios. Me complace observar que los Parlamentos de nuestros Estados han votado una reducción sustancial de la deuda en los países más pobres. - Núcleo esencial de la gran herencia que deja el Jubileo: la centralidad de Jesucristo, que da sentido a la Historia. Las experiencias vividas deben suscitar un dinamismo nuevo: tenemos que emprender una eficaz programación pastoral postjubilar. No se trata de inventar un programa: ya existe, es el de siempre: Evangelio y Tradición. Frente al riesgo fácil del activismo (hacer por hacer), contemplación y oración para ser antes que hacer. - No será una fórmula mágica lo que nos salve, sino un Persona. Estamos ante el mayor y no menos comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria. Algunas prioridades pastorales: santidad, oración, Eucaristía, Penitencia, escucha y anuncio de la Palabra. Sería un contrasentido conformarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. - Un cristianismo realmente vital no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas. Renovada necesidad de orar: signo de los tiempos secularizados. Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser verdaderas escuelas de oración. No hay que ceder a la seducción de los sucedáneos, ni transigir con formas extravagantes de superstición. - No sabemos qué acontecimientos nos reservará el tercer milenio, pero tenemos la certeza de que permanecerá firmemente en las manos de Cristo. La Eucaristía dominical, el mejor antídoto contra la dispersión. Ya no volveremos a un anodino día a día. Si nuestra peregrinación ha sido auténtica, debe como desentumecer nuestras piernas. No debemos rendirnos ante las crisis contemporáneas. Tentación insidiosa: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de programar y hacer. - Quien ha encontrado a Cristo no puede tenerlo sólo para sí; debe anunciarlo. El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a la exigencia de inculturación, en total fidelidad al Evangelio y a la tradición eclesial, sin esconder nunca las exigencias más radicales. Quizá estábamos acostumbrados a pensar en los mártires en términos un poco lejanos, como si se tratase de un grupo del pasado. Si faltara la caridad, todo sería inútil. - El gran desafío: hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, unidos a priori en todo lo que es esencial. Ministerio petrino y colegialidad episcopal, servicios específicos de la comunión, necesitan continua verificación que asegure su auténtica inspiración evangélica. Aunque los Consejos presbiterales y pastorales no se inspiran en los criterios de la democracia parlamentaria, no por ello pierden su significado e importancia. La unidad de la Iglesia no es uniformidad, sino integración orgánica de las legítimas diversidades. - Es necesario descubrir cada vez mejor la vocación propia de los laicos. Asociaciones y movimientos deben actuar en plena sintonía eclesial. En la visión de la familia, la Iglesia no puede ceder a las presiones de una cierta cultura, aunque sea muy extendida y, a veces, militante. La Iglesia es indivisible; la división se produce como consecuencia de la fragilidad humana. - El siglo y milenio que comienzan cargados de contradicciones tendrán que ver a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. No debe olvidarse que nadie puede ser excluido de nuestro amor. Es la hora de una nueva imaginación de la caridad que promueva no sólo eficacia, sino cercanía. Los pobres, en cada comunidad cristiana, deben sentirse como en su casa. - Respeto a la vida, Paz, desequilibrios ecológicos, violencia, guerra, violación de derechos fundamentales son urgencias ante las que un cristiano no puede permanecer insensible. Hay que esforzarse por explicar adecuadamente los motivos de las actitudes de la Iglesia. El diálogo no puede basarse en la indiferencia religiosa, ni puede sustituir al anuncio. No se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender valores radicados en la naturaleza misma del hombre. Se debe rechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista. - Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia y la gran brújula de la Iglesia del siglo XX y para el siglo XXI. La Puerta Santa se cierra, pero para dejar abierta, más que nunca, la Puerta viva que es Cristo. No es una ofensa a la identidad del otro lo que es un don para todos, que se propone con el mayor respeto a la libertad de cada uno. Eso no puede ser objeto de una especie de negociación dialogística, como si para nosotros fuese una simple opinión. |