RetrocesoA&ONº 242/11-I-2000SumarioTestimonioContinuar
Muere el confesor del Beato Rafael
Hace más de 50 años, Mercedes Barón publicó Vida y escritos… de su hijo fray María Rafael Arnáiz Barón
—hoy, Beato Rafael—. Numerosos lectores, que también habían leído la primera biografía del Hermano Rafael,
Un secreto de la Trapa, comenzaron a escribir al monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas (Palencia),
tocados por la atractiva personalidad, tan humana y espiritual, de un estudiante de Arquitectura, que,
poseído por el deseo de Dios, entró en la Trapa y en ella sólo pudo vivir 18 meses. Hoy la gente sigue cautivada.
Los primeros admiradores del Hermano Rafael fueron atendidos por fray María Teófilo
Mi confesor de quien me acuerdo mucho, escribió Rafael—, después de salir de la Trapa gravemente enfermo
de diabetes. El padre Teófilo Sandoval Fernández ya ha partido hacia Dios. Han pasado casi dos meses de su muerte,
y muchos se preguntan sobre el secreto que guardaba este monje de 98 años. El clamor es unánime:
ha muerto un hombre de Dios. Quieren saber más. De ahí estas líneas escritas desde el silencio
s
La vida del padre Teófilo transcurrió al margen de acontecimientos relevantes. De ella, tal vez, cabe resaltar dos hechos excepcionales. Uno es que vivió en el monasterio 85 años. Puede que en toda la historia del monacato cristiano casi nadie haya vivido tantos años la vida monástica como él. El otro es que su recuerdo quedará siempre unido a la vida santa del Beato Rafael. El padre Teófilo fue su director espiritual, y quien pidió al joven Rafael que escribiese lo que pasaba por su interior. Él así lo hizo en unas hojas sueltas, numeradas, dentro de una carpeta con el título: Dios y mi alma. Estas notas de conciencia y otros cuadernos, después de la muerte de Rafael, estaban guardados para quemarlos, como suele hacerse cuando muere un monje. El padre Teófilo consiguió librarlos de la hoguera. Estas páginas, escritas por Rafael en la enfermería, durante los últimos cuatro meses de su vida, confirmaron al padre Teófilo la talla espiritual que ya presentía en su discípulo. Tanto impacto le causó su lectura, que más tarde, al ir comprobando el influjo que hicieron en los lectores, y movido por ellos, vio la conveniencia de abrir el Proceso de beatificación y canonización. Se impone una clara conclusión: Rafael es hoy el Beato Rafael por el buen hacer del padre Teófilo.

He tenido la suerte de convivir muy de cerca con él, sobre todo los últimos cuatro años de su vida. Soy el enfermero de la comunidad y he seguido paso a paso el cáncer que fue debilitando su robusta salud, a pesar de su edad, y terminó en la muerte. Simplemente celebro con veneración su recuerdo, sabiendo que acercarse a la vida interior de un monje, en la presencia de Dios, es un intento indiscreto.

En el monasterio se muere como se vive, decía él. Así de simple es su testimonio monástico. Murió honesto, transparente, humilde, obediente, sin quejarse; se le ha llamado Testigo insobornable de vida monástica. Así era él. Es cierto que tenía un marcado afán por las costumbres y tradiciones. Basten estos curiosos detalles: en su corte de pelo llevaba la antigua tonsura de los monjes, a modo de corona o cerquillo. Desde los 13 años no conoció más prenda de vestir que el hábito cisterciense, que llevaba puesto incluso en el momento de morir. Siempre durmió vestido, y en su habitación en la enfermería lo hacía sobre una tabla, cubierta por una finísima esponja y una manta. No permitía otro ajuar en su cama; así hasta un mes antes de su muerte. Era ordenado y limpio. Pero, a pesar de este sentido tradicional y austero, era un hombre pacífico y tolerante; manifestaba abiertamente lo que pensaba. A su mentalidad jurídica —era doctor en Derecho Canónico— unía una extraordinaria sensibilidad. Sabía llorar con los que lloran y reír con los que ríen. El Beato Rafael escribió de su confesor que éste lo despidió con lágrimas en los ojos cuando tuvo que dejar el monasterio.

VENERADO POR TODOS


Con el paso de los años sus gestos seguían siendo naturales. Su misma persona era un encanto familiar de hermano venerado por todos. Siempre recordaré su espontaneidad en el sacramento del perdón; después que me absolvía se levantaba sonriente y me daba un abrazo de paz.

Hacía tiempo que su memoria y orientación fallaban, pero llamaba la atención que sus palabras seguían siendo lúcidas y acertadas cuando confesaba a los monjes. En la enfermería solamente tenía un interés: seguir a sus hermanos ¿Qué hace ahora la comunidad, dónde está? Fue su pregunta habitual de enfermo.

La gracia del Espíritu Santo estaba en él. Podemos leer en su vida signos de ser un predilecto del Señor. El día 13 de noviembre, fiesta de Todos los santos que siguieron la Regla de san Benito, el padre Teófilo estaba en un sillón, rodeado de hermanos jóvenes; me acerqué a él, respiraba entrecortadamente y con su mirada me lo dijo todo. Comencé las oraciones para el último momento; miré el reloj, eran las tres en punto de la tarde; en ese mismo momento, con suavidad, se durmió para siempre en la misericordia del Señor.

Al día siguiente, monseñor Rafael Palmero, obispo de Palencia, presidió la celebración exequial. Nuestro obispo le tenía un gran cariño. En su homilía nos dijo que si ayer celebrábamos a Todos los santos cistercienses, en el cielo faltaba uno; por eso fue a reunirse con ellos nuestro querido y venerado padre Teófilo.

Gerardo Luís Martín Sánchez
Prior de San Isidro, de Dueñas