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José Francisco Serranopserrano@planalfa.es El inevitable estertor de la naturaleza no debe confundirse con la evitable incapacidad de los humanos, por llamar de alguna forma a la negligencia y a la falta de previsión. Hay un eco del reciente terremoto en El Salvador, el eco humano que, sin duda alguna, está causando movimientos sísmicos en nuestras conciencias. Un eco que se registra en los sismógrafos del denominado periodismo de rostro humano. El diario ABC publicó, el pasado lunes, el testimonio de Yolanda, que decía: Me encontraba junto a mi esposo y las seis niñas, cuatro sobrinas y dos hijas. De repente todo tembló y salimos corriendo al patio de atrás. Nos abrazamos bien fuerte y esperamos a que todo pasara. Fue eterno. Sólo pensaba: "¡Dios mío, ayúdanos!". Sentimos mucho miedo porque pensamos que algo peor podía llegar cuando vimos que el volcán de Santana echaba una fumarola. |
| Joaquín Ibarz, enviado especial del diario La Vanguardia a la zona de Santa Tecla, comenzaba su crónica del pasado martes, día 16, con el siguiente grito de dolor de Vilma, una joven de 21 años, que corría hacia los voluntarios cada vez que rescataban un cadáver."¿Es un niño?", preguntaba, desesperada por encontrar a su hijo de seis años. Juan Gallardo, con las manos en el rostro, necesitó apoyarse en el hombro de una sobrina cuando una brigada de rescatadores descubrió bajo los escombros el cuerpo de su hermano abrazado al de su cuñada luisa. (...) Y, más adelante, en este progreso de luchas incandescendentes, leemos: "Necesitamos ayuda, por favor, que España colabore para que vengan alimentos", nos pedía Cecilia. "Hay gente soterrada, familias completas han muerto", explicaba Pablo Valdés. Los zopilotes (aves de rapiña) sobrevuelan algunos puntos de Santa Tecla en donde el hedor indica que hay cadáveres.
Fueron los conquistadores quienes pusieron el nombre de El valle de las hamacas a la región de San Salvador. El periódico salvadoreño El Faro, Http: //www.elfaro.net/, nos hace un repaso, memoria, de una historia cruel de desamores con la naturaleza: El siglo XX nació en las postrimerías de una crisis económica. Con todo, había vuelto la esperanza y la confianza en la bonanza cafetalera. El 15 de febrero llegó el bautizo de siempre. Esta vez fue un maremoto y una ola gigantesca los que destruyeron una parte de la costa. Los habitantes de la Barra de Santiago recibieron el mayor impacto y se convirtieron en testigos de otro ciclo de dolor. Un vistazo al medio siglo recién pasado muestra la presencia regular de los destructivos fenómenos naturales. Seis de mayo de 1951: terremoto en Jucuapa y Chinameca. Un día después: otro sismo en Santiago de María. Tres de mayo de 1965: terremoto en San Salvador. Diez de octubre de 1986: terremoto en San Salvador. Faltan las inundaciones del Río Lempa, durante el huracán Fifí, las que se produjeron en la zona oriental en 1998, con el huracán Mitch. El registro histórico es impresionante: "Se producen cinco eventos destructivos en San Salvador cada cien años, y unos siete en todo el país en el mismo período", se anota en el libro "Historia natural y ecológica de El Salvador". En el diario La Prensa, de El Salvador, Http://www.laprensa.com.sv/, leemos el comentario de David Escobar Galindo, que arranca, desde el llanto, una palabra poética sobre la catástrofe: Los segundos se vuelven infinitos. El suelo desaparece. Las estructuras enhiestas y sólidas tiemblan, como si fueran una subitánea conciencia de fragilidad. Y luego, cuando la onda ha pasado, el regreso al entorno, entre el fragor de las heridas. Hay que volver a empezar, de repente. Y esa sensación, que es más anímica que material, dibuja en la temblorosa pantalla consciente las imágenes del destino nacional anunciado. Cambian las intensidades y los tamaños del terremoto, pero su signo siempre es el mismo: el de la destrucción inmisericorde. ¿Qué extraña mezcla de amor y de odio impregna desde siempre nuestra tumultuosa relación con las fuerzas de la naturaleza? |