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Lo siento. De verdad que lo siento mucho, pero los empeñados a toda costa en suscitar campañas para que Juan Pablo II dimita, aparte de tenerlo crudo del todo, tienen muy mala suerte. Hace pocos días habían iniciado la enésima ofensiva: No puede más; ahora que ya ha clausurado el Año Santo, que se retire ya... Lo destilan con tan mala suerte, que el propio Papa firma, ante el pueblo santo de Dios, reunido en la Plaza de San Pedro, una carta a sus hijos en la que, en el más familiar de los lenguajes, dice que, si hemos hecho bien la peregrinación del Año Santo, eso es como desentumecer las piernas; que ahora se trata de mirar hacia adelante; que se ha cerrado una puerta, pero que Cristo, la Puerta y el Camino, sigue abierto de par en par; confiesa lo que ya sabíamos todos: que muchos días se ha asomado, tras las cortinas de su estudio privado, para ver, emocionado, la larga cola de peregrinos de todo el mundo en espera de cruzar la Puerta Santa de la gracia y general Perdonanza. Es una carta maravillosa, en la que familiarmente, desde la fe proclamada, desde la esperanza vivida, traza, con amor, el diseño inmediato de la Iglesia del futuro al comenzar el nuevo milenio.
Los medios de comunicación algunos han hecho un intento de balance del Jubileo del Año Santo, pero ha tenido que ser el propio Juan Pablo II quien, haciendo no un balance sino un programa, lo ha resumido, en dos frases: la inevitable centralidad de Jesucristo en la Iglesia y en la Historia, y el estupor ante el insondable tesoro de gracia, de perdón, de reconciliación, de justicia, libertad y paz, para tantos millones de seres humanos. Los frutos de estas semillas irán granando a partir de ahora. |
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Y tú, ¿con qué te quedas del Jubileo?, me ha preguntado un amigo.
La verdad es que han sido tantos los hechos, los gestos, los signos, que resulta muy difícil elegir. ¿Con qué se queda uno? ¿Con la explosión de alegre plenitud de dos millones de jóvenes en torno al Papa durante el ferragosto romano? ¿Con el sacrificio de la contemplativa o del monje en oración desde su monasterio? ¿Con el gozoso agitar el bastón del Papa ante los periodistas? ¿Con el misterio prodigioso del Jubileo de los niños, de los discapacitados y de todos los que sufren? ¿Con qué? ¿Con la oración depositada por Juan Pablo II en el muro de las Lamentaciones en Jerusalén y su portentosa visita a Tierra Santa? ¿Con su anillo del Pescador, dejado amorosamente a los pies de la Señora de Fátima? ¿Con el resplandor de la verdad de la Dominus Iesus? ¿Con la verdad resplandeciente de las familias en oración? ¿Con el ejemplo de los mártires y santos del siglo XX, tan recordados? Bueno, sí; pero si tú te tuvieras que quedar sólo con una cosa... Si yo me tuviera que quedar sólo con una cosa, seguramente me quedaría, como el cardenal Ruini, con esa mirada de Juan Pablo II al Redentor crucificado en el que está la vida, la salvación y la resurrección de todos. Ahí está la foto, para perpetua memoria. Era la Jornada del Perdón, el 12 de marzo, primer domingo de Cuaresma. Juan Pablo II pedía un perdón universal, católico, impresionante, por todos los pecados cometidos por los hombres y mujeres que, a lo largo de la Historia, constituyeron y constituimos la Iglesia. Avanzó renqueante pero firme hacia el crucifijo, tendió las manos, le abrazó y besó las rodillas del Crucificado, y muy lentamente, a duras penas, fue elevando su mirada hacia el rostro del Señor, del Hijo de Dios muerto por nuestra salvación. Esa mirada, la inagotable esperanza de esa mirada, la hondísima y humanísima intensidad de ese momento conmovedor, resume el Jubileo y quedará como algo inolvidable en mi alma... Tienen mala suerte los agoreros, ya digo: Por favor, que descanse, imploran quienes desde hace años quisieran borrar del mapa a este Papa que tanto parece molestarles. Sólo que él no quiere, no le da la gana descansar. Quiere, como el Apóstol (me gastaré y me desgastaré) agotarse en el servicio a sus hermanos. ¿Es mucho pedir que intenten entenderlo? Miguel Ángel Velasco |