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Desde la Carta apostólica El tercer milenio que viene, de 1994, a la de El nuevo milenio que empieza (NMI: Novo millennio ineunte), la primera de 2001, han pasado siete años puntales en el pontificado de Juan Pablo II para la preparación inmediata y la celebración del Jubileo del año 2000, que explica todos los años anteriores de su pontificado y que iluminan los que el Señor le conceda y nos conceda disfrutar, a caballo de dos siglos y a horcajadas de dos milenios. Ahora hemos comprendido mejor que introducir a la Iglesia en el nuevo milenio, aplicando el Concilio Vaticano II a la situación actual y renovarla para una nueva evangelización, han sido los objetivos que el Papa se había marcado desde el inicio de su ministerio pastoral. Porque vemos posteriormente, en la ejecución, lo que él ya tenía anteriormente en la intención. Así, pues, la aplicación del Concilio Vaticano II y la preparación y celebración del Gran Jubileo del año 2000 son y serán claves hermenéuticas fundamentales para interpretar el magisterio y la misión de Juan Pablo II. La brújula y el sextante para esta singladura eclesial.La brújula, porque el mismo Papa emplea esa imagen: Después de concluir el Jubileo siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza (NMI 57). La brújula sirve para buscar la dirección y llegar a buen puerto. |
| Y el sextante, porque este mismo sucesor de Pedro comienza y concluye esa Carta, para la vida y la acción de la Iglesia después de la experiencia jubilar, con las palabras del Señor a Pedro: Duc in altum, boga hacia alta-mar (Lc 5,14). Se trata de acoger y proyectar el torrente de gracias, lo vivido y lo que aún queda, tanto como hemos vislumbrado y cuanto todavía falta por alumbrar, durante la navegación de la barca de la Iglesia a través de un nuevo siglo y milenio que se abren a la luz de Cristo, Sol del cual ella refleja la luz (NMI 54). El sextante sirve para mirar por el anteojo al sol, o alguna estrella determinada, haciendo colocar la cruz en el centro y, con la ayuda del arco, el reloj de bitácora y las tablas, medir los grados y saber dónde se está para ennortar la trayectoria hasta el término.
El Concilio, y la experiencia jubilar en ningún sitio mejor descrita que en Novo millennio ineunte, son pues la brújula y el sextante para la navegación de la Iglesia en este siglo. Que si la primera evangelización, en el primer milenio, vino por el Mediterráneo; y la segunda, en el segundo, se extendió por el Atlántico y el Pacífico; ahora, la tercera, en el tercero, ha de llegar por todas partes a las nuevas oleadas de niños y jóvenes, y adentrarse desde la superficie y el litoral hasta la hondura del corazón de quienes aún no conocen a Jesucristo o, si lo conocen, no lo aman ni lo siguen. Él es no sólo la plenitud de la revelación de Dios, sino también la manifestación más plena de nuestra propia persona y dignidad como hijos de Dios Padre y hermanos suyos. Así, el Jubileo resulta no sólo memoria del pasado, sino profecía de futuro (NMI 3). La carta, como el mismo Juan Pablo ha dicho, se puede resumir en una sola palabra: Jesucristo. Contemplado y vivido en la Iglesia, y en este tiempo, por la comunión de su misma obediencia, por la alegría de su resurrección y por la adhesión de fe de todo nuestro ser personal y eclesial que nos hace, como Él, hombres nuevos. Las prioridades pastorales expresadas por el Papa, que, sin duda, como en el caso de la anterior Carta apostólica, pasarán a los programas de acción de diócesis y Conferencias Episcopales, nos remiten prácticamente a la esencia del cristianismo: la santidad, a la que todos estamos llamados; la oración que nos descubre la voluntad de Dios, pues cumplirla es santificarse; en la centralidad de la Eucaristía y en la continua conversión de la Penitencia; para aplicar la Palabra a nuestra vida, y anunciarla a quienes no han recibido la Buena Noticia, siendo, por la caridad, testigos del amor. Con una espiritualidad de comunión, no sólo de communis unio, sino también de commune munus; con nuevas vocaciones de sacerdotes, consagrados, y de laicos consagrados en su Bautismo y dedicación apostólica; en la Iglesia y con los hermanos separados; ante los retos de la paz, la vida y la cultura, informados por la ética cristiana y abiertos al diálogo en la misión. Con Santa María. Muchas veces, en estos años la he presentado e invocado como "Estrella de la nueva evangelización". La indico aún como aurora luminosa que guía segura nuestro camino (NMI 58). Porque, en el día al Sol, pero en la noche, a esta estrella se enfoca el sextante para la nueva travesía misionera. Joaquín Martín Abad |