Mirada de fe al Año Santo
El Jubileo, fiesta que renueva
El Jubileo, ante todo, ha sido una gran fiesta por el nacimiento de Jesucristo. Las distintas celebraciones litúrgicas y no litúrgicas, tanto en Roma y en Tierra Santa como en las Iglesias particulares, han rezumado un ambiente festivo y gozoso por la presencia y la actualidad de Cristo entre nosotros. El Jubileo ha tenido un profundo sabor cristológico; hemos celebrado no sólo un acontecimiento ocurrido hace 2.000 años, sino tamibién la actualidad de su presencia entre nosotros (Cristo ayer, hoy y siempre), la actualidad de la historia de amor que se prolonga en nuestro tiempo alcanzando a todas las generaciones y personas (Tanto amó Dios al mundo que le dió su propio Hijo...) Éste es el secreto que ha hecho posible que nos reuniéramos en torno a Él con la conciencia de ser el pueblo que siente la alegría por la presencia de su Señor.
Los frutos de este encuentro personal y comunitario con Jesucristo son difíciles de medir. Muchos frutos se han dado en el interior de los corazones de los fieles y, como ha dicho recientemente el Papa, no pueden calcularse con una mirada puramente humana. Sólo Dios sabe el bien que se ha producido en los corazones que se han encontrado con Él. Otros muchos frutos han sido y son visibles. Destacaré algunos:
- Las manifestaciones externas han rezumado espíritu gozoso, don del Espíritu Santo. Lo hemos podido comprobar en todos los encuentros jubilares con los fieles.
- La profundización en la experiencia de ser Iglesia diocesana. El Papa había determinado, en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente y en la Bula Incarnationis Mysterium, que la celebración del Jubileo tuviera lugar en Tierra Santa, en Roma y en las Iglesias particulares, del mundo entero. Ha sido una intuición pastoral de relevancia extraordinaria. El Jubileo ha tenido un carácter marcadamente diocesano. Ha constituido una experiencia de fe que el pueblo ha vivido en torno a su obispo en la catedral o en los santuarios más significativos.
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En las conversaciones que he mantenido con los distintos obispos, todos destacaban el gozo que hemos sentido al celebrar este acontecimiento de gracia tan unidos a las gentes de nuestros pueblos y barrios, de parroquias de todo tipo. Esa misma alegría la han experimentado también muchísimos fieles y así lo han manifestado.
El Jubileo ha ayudado a tomar conciencia de ser Iglesia particular y a redescubir la pertenencia a la misma. En este punto quiero mencionar las numerosas cartas pastorales de los obispos con el fin de confirmar y alentar la fe del pueblo.
- El Jubileo ha dado origen a una creatividad y originalidad extraordinarias, en cuanto a iniciativas y modos de celebrar el Jubileo. Esta originalidad no se ha dado sólo en la liturgia, donde se han conjuntado fidelidad y creatividad; también en multitud de iniciativas sociales que han puesto de manifiesto el carácter solidario y social del Jubileo. Desde la petición de la condonación de la deuda externa, hasta la visita a enfermos y minusválidos en las que se podía recibir la gracia jubilar. La dimensión liberadora del mensaje del primer Jubileo proclamado en la sinagoga de Nazaret ha resonado fuertemente en las conciencias de los fieles y se ha expresado en una muy generosa colaboración en proyectos que han marcado la preferencia de la Iglesia por los pobres y excluidos, de la propia Iglesia diocesana y de más allá de nuestras fronteras con los misioneros y con el tercer mundo.
- Han sido muy dignas de consideración las expresiones culturales con las que el acontecimiento de la encarnación y del nacimiento de Jesucristo se ha reflejado a través del arte y de la historia de la Iglesia. En muchas diócesis las exposiciones de los más hermosos cuadros, imágenes, objetos sagrados y documentos de la Iglesia particular han puesto de manifiesto hasta qué punto el misterio de la Encarnación y la persona de Jesucristo ha conformado nuestra cultura, ha embellecido nuestros paisajes y ha entrado fecundamente en el corazón y manera de ser de los fieles.
Todas estas manifestaciones han hecho patente el arraigo del mensaje evangélico en nuestros pueblos y han mostrado la belleza del rostro de Cristo, de su doctrina y estilo de vida, que han sido captados por los artistas de todos los tiempos y épocas. Estas expresiones nos han permitido reconocer con gratitud las raíces cristianas de nuestra cultura y nos han espoleado para que ese diálogo entre la fe y la cultura siga creciendo especialmente en nuestros días.
Hemos terminado la celebración del Jubileo; se ha cerrado la Puerta Santa material, pero, como decía el Papa, ha quedado abierta la Puerta viva que es Cristo. En mi opinión, el Jubileo, a pesar de que con tantos actos hemos sentido fatiga en algunos momentos, nos ha dejado cargados de ánimos para afrontar con esperanza el nuevo milenio que ha comenzado.
La celebración del Jubileo ha puesto de manifiesto las magníficas energías que tiene el Evangelio y la presencia de Cristo para renovarnos, revitalizarnos y empujarnos en la nueva evangelización. El Jubileo ha puesto de relieve que, cuando convocamos al pueblo de Dios para encontrarnos en torno a Jesucristo, el pueblo responde; cuando ofrecemos con seriedad el sacramento de la Penitencia, unido a la invitación a la conversión personal, a pesar de las crisis, los fieles descubren en él un sacramento renovador; ha revelado lentamente que, cuando se presentan objetivos precisos en favor de los pobres, nuestro pueblo responde con generosidad.
En este Año Jubilar hemos dado muchos pasos, hemos revivido muchas luces y gracias del Espíritu Santo que no podemos guardar para nosotros mismos, sino que hemos de entregar a nuestros hermanos y a los hermanos de generaciones venideras. Todas estas gracias, luces y pasos nos han de dar un nuevo impulso para que, como nos ha recordado el Papa el pasado 6 de enero en su hermosa carta Novo millennio ineunte Al comienzo del nuevo milenio, podamos seguir viviendo y trabajando llenos de convicción evangélica, sabiendo que Jesucristo es la paz, la alegría y la salvación de todo hombre.
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