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El cambio de milenio nos está trayendo desde Hollywood muchas películas esotéricas, satánicas y gnósticas, casi todas pueriles, llenas de tópicos casposos y defensoras de una religiosidad puramente sentimental y pret a porter que elimine definitivamente el lastre oscuro y perverso de las instituciones, principalmente de la Iglesia romana. En general son películas raquíticas cuyo principal delito es su poca seriedad y ningún rigor. Al menos cuando Buñuel, Dreyer y Bergman (no casualmente europeos) arremetían contra los pecados de las Iglesias (protestantes o católica) lo hacían con la inteligencia de hombres cultos que buscaban más la reflexión que el espectáculo circense. Pero ya sabemos que en Hollywood todo vale.
Sin embargo, la recién estrenada The Body es algo distinta. Aunque como película es, al igual que las otras, bastante aburrida y plana, con un guión imposible y barrocamente pretencioso, sus mensajes new age están mucho más afinados que los de sus predecesoras. Dicho de otra forma, los autores del film (el novelista Ben Sapir, el director-guionista Jonas McCord y el productor hebreo Rudy Cohen) saben bastante bien de lo que hablan y lo que quieren. |
| El argumento del film es más o menos como sigue: Sharon, una arqueóloga judía descubre una tumba con un cuerpo que tiene demasiadas semejanzas con el de Cristo: época, edad, lugar, heridas, forma de muerte, etc. Un alto funcionario israelí, Moshe Cohen, pone el hecho en conocimiento del Vaticano con fines de chantaje político (un Vaticano lleno de cardenales siniestros y manipuladores). Roma envía a un sacerdote a investigar: Gutiérrez, un jesuita salvadoreño, antiguo teólogo de la liberación (Antonio Banderas). Una vez allí, éste se encuentra con un patético arqueólogo dominico (interpretado por Derek Jacobi) el cual, cuando intuye que el cuerpo encontrado es el de Cristo, directamente se suicida. Gutiérrez también se topa con otro sacerdote, hippie, internauta y que pasa de todo, precursor ideal de la Iglesia light que se nos propone. Tampoco falta una especie de monje tibetano que cuida el jardín. En ese idílico ambiente de profunda religiosidad, Gutiérrez comienza su investigación acompañado de la guapa arqueóloga con la que iniciará una amistad nada celibataria. Los judíos ortodoxos, los integristas islámicos y todo un catálogo de talantes religiosos y maniobras políticas se entrecruzan en la tarea de Gutiérrez que acaba colgando la sotana y refugiándose en su nueva relación afectiva, superadora del esquematismo religioso de una Iglesia llena de ambiciones humanas.
El conflicto central está claro: ¿Qué pasaría si Cristo no hubiese resucitado? Todos lo sabemos, ya lo dijo el Apóstol: vana sería nuestra fe. Hasta ahí, la película es intachable: Gutiérrez, que investiga el cuerpo hallado que podría ser el de Jesús, sabe que todo se juega en ese Hecho, centro de la fe. Sin embargo, lo que dice socarronamente la película es todo lo contrario: si Jesús no resucitó, no pasa nada. En el fondo, la fe en la divinidad de Jesús es un instrumento de poder de la Iglesia católica, que se alimenta del sueño de millones de personas, afirma Gutiérrez. Lo que importa es que Jesús habló del amor, de la generosidad y de esas cosas tan hermosas que nos hermanan a todos. La religión no se basa en la razón, sino en una necesidad primaria. El cristianismo seguirá existiendo aunque Cristo no hubiese resucitado, afirma Moshé Cohen. Esta tesis viene trufada de interesante guarnición. Por un lado, el hecho de enfrentar a dominicos y jesuitas, y que el protagonista sea un cura ex-guerrillero llamado Gutiérrez, que se presenta como manipulado e instrumentalizado por la Curia, son elementos que buscan poner de manifiesto lo contaminante y contradictorio que supone vincular la fe personal a instituciones tan humanas como la Iglesia. Asimismo el viejo debate entre fe y ciencia se ventila aquí sin rubor, afirmando que lo importante es hacer ciencia dejando a Dios al margen, y poniendo como ejemplo de superstición medieval la Sábana de Turín por cierto, prototipo de investigación científica exhaustiva. De ahí el film pasa a hablar de la doble verdad, la de la razón científica, por la que Cristo pudo no resucitar, y la verdad de la fe, que es la del corazón. Conclusión, la de siempre: Henri de Lubac fue profeta cuando se decidió a investigar en profundidad la posteridad espiritual de Joaquín de Fiore. El tercer estadio de la religión ha llegado: nos quieren arrebatar el Acontecimiento de la Encarnación en nombre de una era espiritualista, universal, cósmica, parapsicológica, de valores tan abstractos como comunes, donde Oriente y Occidente se funden en la armonía de alma más alienante que el hombre haya podido imaginar. Afortunadamente siempre nos quedará esa casta meretrix, llena de pecado, corrupción y maldades, llamada Madre Iglesia, donde se custodiará viva la única esperanza real de la Historia: precisamente el Cristo resucitado al que nos quieren disolver en agua con azúcar. Juan Orellana |