RetrocesoA&ONº 243/18-I-2001SumarioDesde la feContinuar
Teatro
El alcalde de Zalamea, o la dignidad
Sí. La dignidad, más que el honor, más que el indispensable, pero mero honor. La dignidad es algo más, mucho más hondo, más consustancial al ser humano. Y este fantástico y realísimo retablo de dignidad que nuestro inmortal don Pedro Calderón de la Barca supo expresar, insuperablemente, en la figura de Pedro Crespo, Alcalde de Zalamea, logra estos días, sobre las tablas del madrileño Teatro de la Comedia, el encendido y justo aplauso del público, que, ya al llegar, encuentra la fiencuentra la firma, en rojo, de nuestro clásico del Siglo de Oro, a telón cerrado, campeando sobre el escenario.

La Compañía Nacional de Teatro Clásico, bajo la buena dirección de José Luis Alonso de Santos, ofrece con esta versión de El Alcalde de Zalamea, un buen homenaje a Calderón, un homenaje digno que compensa recientes incomprensibles entuertos e intolerables osadías y moderneces del peor gusto, que no fueron otra cosa que una falta del más elemental respeto a uno de los grandes genios del teatro de todos los tiempos.

Dice Andrés Amorós, Director General del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, que esta obra ha sido siempre piedra de toque para los grandes actores españoles. Así ha sido y así es. El amplio reparto sale muy bien parado de tan arduo empeño. Está bien el deje del lenguaje popular, y muy bien dicho, en general, el verso. Roberto Quintana hace un Pedro Crespo muy matizado y creíble, aunque en algún momento, a mi modesto entender, sobra un punto de desmesura en su tono de voz. Las demasías siempre están de más, y versos inmortales como

Al Rey la hacienda, y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios

no se pueden recitar de corrido, como cualquier otro verso del texto. En algún momento Oscar Rabadán, en vez del capitán don Alvaro de Atayde, parece un juglar susurrante. Magnífica Carmen del Valle, en Isabel, la hija de Pedro Crespo; José Luis Santos en Don Mendo y Camilo Verdaguer en Nuño; también Pepe Viyuela, en Rebolledo, y Jordi Dauder, en don Lope de Figueroa... Buena la dirección escénica de Sergi Belbel. La escenografía de José Manuel Castanheira —una curiosa abstracción con charco de agua multiuso y barra azul transversal incluida— es, a mi juicio, discutible; pero lo importante es que, si no ayuda, al menos no estorba a lo esencial.

M.A.V.