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Me temo lo peor... Durante el esplendoroso Año Jubilar que hemos vivido, los millones de cristianos que salimos a los caminos para pedir perdón por nuestras miserias, faltas y pecados; los niños, jóvenes, maduritos y ancianos que hemos peregrinado para manifestar, en multitud, nuestra fe y nuestra esperanza en la misericordia de Dios fuimos noticia. Hemos merecido los honores de la primera página de los periódicos y de la apertura de los telediarios. Tengo mis dudas sobre si ese despliegue mediático que se nos ha concedido se debía a la cantidad ¡dos millones de chavales en Tor Vergata!, se voceaba con pasmo o a la calidad de lo que estábamos haciendo: algo tan sencillo como manifestar nuestras creencias al aire y al viento, con libertad y alegría.
Y digo que me temo lo peor porque sospecho que la tregua ha terminado en el mismo momento en que se cerraron las Puertas Santas del Jubileo... Al mundo no le mola que la religión se oree: La religión nos dicen los prudentes es algo personal; pertenece al ámbito de la intimidad; no debe traspasar los límites de lo privado. Y muchas corrientes de opinión nos empujan hacia las sacristías para que nos quedemos allí encerrados, aislados, sin poder contagiar a los demás nuestro credo y nuestra moral. ¡Hay que fastidiarse!: en una civilización que empuja a salir fuera del armario cualquier tipo de comportamiento, que condena a voces las discriminación, que clama hasta por los derechos de las hormigas rojas, los cristianos ¿no podremos ni decir amén en medio de la pajolera calle?... Pilar Cambra |