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| Hasta hace muy poco tiempo, los científicos consideraban que sólo las células de embriones poseían la capacidad de autorrenovarse casi ilimitadamente y la capacidad de originar células madre de las que se deriven una gran variedad de células muy diferenciadas (nerviosas, musculares, hemáticas...). Las células con estas capacidades se llaman estaminales. Pueden, por decirlo de alguna manera, reprogramarse para que se reproduzcan muchas veces, bien dando lugar a células iguales, bien para generar tejidos distintos. Parecía, pues, que enfermedades degenerativas como el Parkinson y el Alzheimer, metabólicas como la diabetes, y oncológicas como la leucemia se anunciaban como curables en un futuro, por medio del transplante de células y tejidos procedentes de la clonación humana. En los años más recientes se ha descubierto que las células estaminales de adultos, además de reproducirse dando lugar a células iguales, pueden reprogramarse para generar tejidos distintos. Se sabe cómo reconocerlas, seleccionarlas, mantener su desarrollo y formar diversos tipos de células. Por lo tanto, sirven para los mismos propósitos que las células embrionarias.
Entonces, ¿para qué clonar? La clonación destinada a producir copias de un individuo original ha sido, desde el primer momento, rechazada por todo el mundo: unos, por el respeto que les merece la vida humana en todas sus fases; otros, por las posibles consecuencias que podrían derivarse de tal procedimiento. La clonación que algunos todavía defienden, y que incluso ha sido aprobada por el Parlamento Británico el pasado 19 de diciembre, es la que tiene como objeto la obtención de las células reprogramables antes mencionadas, para conseguir células y tejidos que puedan transplantarse. El contrasentido está, precisamente, aquí. Si de lo que se tratara es de reproducir células idénticas partiendo de una única célula progenitora como en los cultivos celulares; o de la mera producción, con técnicas de proliferación celular in vitro, de tejidos destinados a implantación, no cabría ninguna objeción ética. En cambio, se pretende insistir en la producción de células y tejidos partiendo de embriones humanos clonados; es decir, de seres humanos a los que se interrumpirá el desarrollo, para poder utilizarlos como material biológico de gran valor para reparar tejidos degenerados en un individuo adulto. Si estas células reprogramables se pueden encontrar en muchos tejidos de un adulto en el hígado, en el cerebro, en la médula ósea, etc., e incluso en la sangre del cordón umbilical en el momento del parto, ¿qué sentido tiene, entonces, fabricar un embrión humano, que será destruido, con la finalidad de obtener células que podemos conseguir con otras técnicas? ¿No deberíamos, más bien, promover y alentar la investigación en estas modernas técnicas, que además pueden ser aceptadas por todos? Una vez más, queda patente que la investigación científica no está reñida con las consideraciones éticas de respeto a toda vida humana, ya desde el momento de su concepción. Dra. Dolores Voltas |