|
|
Damos inicio, en este domingo, al evangelio de San Lucas. Un pasaje, el de esta semana, lleno de optimismo, como si quisiera contagiarnos que Jesucristo es una muy Buena Noticia. El evangelista nos presenta a Jesús en la sinagoga, en el luga de culto entre los judíos. ¿En qué consistía normalmente dicho culto o ceremonia judía? Reunida la asamblea, en un primer momento, se cantaba; posteriormente, se proclama la fe; se realizaba una alabanza a Dios; y, finalmente, se leía un pasaje de la Escritura Sagrada con su consiguiente comentario. ¿Por qué san Lucas ha situado este hecho de la vida de Jesús justamente al principio de la vida pública de Jesús? Sin duda, para dejar muy claro cuál es el mensaje y proyecto del Salvador: proclamar el Año de Gracia, que implica liberación para los cautivos y oprimidos, devolver la vista a los ciegos, y proclamar a todos la Buena Noticia de la Salvación.
Seguro que este pasaje, a lo largo del reciente Año Jubilar, lo hemos escuchado muchas veces. Hoy, mi pregunta, y la de otros muchos, a la luz del Evangelio, es ésta: ¿Qué ha quedado como herencia de este Año Jubilar? Antes de responder, recuerdo que en un muro de una catedral alemana están escritas las siguientes reflexiones, como si fueran las nuevas lamentaciones de Jesús a su pueblo: Me llamáis luz, y no me creéis; me llamáis Maestro, y no me seguís; me llamáis Señor, y no me servís; decís que soy rico, y no me pedís; decís que soy misericordioso, y no confiáis en mí. El Jubileo quiso ser, ante todo, la alegría de una vuelta apasionada a Jesucristo. No sólo a un Cristo memoria (baúl de los recuerdos) ni a un Cristo de futuro (utopía), sino a un Cristo actual-presente, en toda la complejidad de su rico misterio: camino a la vida trinitaria; reinado iniciado y no consumado; sacerdote-profeta-rey-sanador. Una mirada a Jesucristo, encarnado, salvador y Señor de la Historia. Se ha escrito con toda razón que Cristo no nos ha dejado ni una sola línea escrita, como sí hizo Platón con sus Diálogos. No nos ha transmitido una Tabla con una ley, como sí hizo Moisés. No ha dictado el Corán, como hizo Mahoma. Tampoco fundó una Orden religiosa como Buda. Pero sí dijo: Yo me quedo con vosostros hasta el fin de los tiempos. En esto consiste la experiencia más profunda del cristianismo. La Iglesia, hoy más que nunca, y lo recordamos en este año casi recién estrenado, necesita recobrar su gran misión porque nuestra sociedad tiene déficit y necesidad de sentido existencial profundo y de esperanza que salte hasta la eternidad. El cristianismo es la reserva de utopía y de esperanza. La Iglesia tiene la obligación de transparentar y hacer público lo que ya es: un misterio de comunión para la misión, un Sacramento de la Trinidad, la Nueva Jerusalén en la que ya se comienza a vivir una nueva humanidad y una gran utopía realizada: devolver a cada persona y a la Humanidad en su conjunto su dignidad más radical. El Evangelio de este domingo es una llamada a volver nuestra mirada y nuestro corazón, dejándonos guiar por el Espíritu, a las fuentes limpias del Evangelio. Raúl Berzosa Martínez |