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2001. No sólo un año, no sólo un siglo; acaba de empezar el tercer milenio y nadie puede poner límites a la Divina Providencia. Por tanto, deseemos a la Humanidad, de la que somos parte, todo lo mejor no sólo para empezarlo sino para terminarlo. En el peor de los casos, desterrados ya los viejos temores del año 1000, sólo el Juicio Final, que aún no nos ha sido anunciado, podrá impedir que otros seres humanos celebren en nuestro nombre la llegada del 3001.
El primer día del año y del siglo, y del milenio fue declarado por Pablo VI como Jornada mundial de la paz. Celebrémosla con la expresión usada, más antes que hoy, en muchos pueblos de la España profunda. A la paz de Dios es todavía, en sus buenas gentes, el mejor saludo, el augurio más alegre, más afortunado. En cambio, recordar a Dios es algo que se va perdiendo. Se perdió ya en nuestra Constitución; y ahora ha faltado en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, esa que entre titulares, suplentes y observadores han elaborado no menos de ciento cincuenta europeos ilustres llegados de quince naciones. Parece que un buen intento de subsanar el olvido naufragó en la negativa, incluso de quienes hablan en sus programas políticos del humanismo cristiano. Allá su conciencia. |
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No en todas partes es así. La larga, la tensa batalla para decidir quién ha de ser el próximo Presidente de los Estados Unidos se saldó con dos breves mensajes del vencedor y del perdedor. Pero esa brevedad no impidió que en ellos se haya invocado a Dios exactamente siete veces. Gore, por ejemplo, recordó a un senador que casi siglo y medio atrás perdió frente a Abraham Lincoln, nada menos, y le saludó con palabras que terminaban así: Estoy con Usted, señor Presidente, y que Dios le bendiga. Bush cerró con estas otras su discurso: Que Dios bendiga a los Estados Unidos de América. Las relaciones entre los dos políticos no serán ni amorosas ni idílicas; pero ambos reconocen que Alguien está muy por encima de ambos.
Llega lección análoga de otros rumbos. El Presidente de Rusia ha recuperado para su Federación la vieja música del himno soviético, que los rusos de hoy conocen seguramente de memoria; pero le ha cambiado la letra que ahora invoca a Dios allá donde antes se cantaban los nombres de los idolillos del comunismo. Pocos conocen las creencias íntimas de don Vladimir Putin, ese frío y aventajado alumno, y luego miembro, de la policía secreta de la URSS; pero ahora sabemos que también él pide para los suyos el amparo de Dios. Salgamos del primer mundo; y del que fue segundo. El escritor y periodista polaco Ryszard Kapuscinky está logrando en España muy merecido éxito con un libro que nos introduce bruscamente en el tercero. Ébano es un relato que apasiona y, a menudo, espeluzna de sus muchos viajes por tierras africanas a lo largo de cuarenta años. Quienes defienden con justo ardor a los pueblos de ese continente y quieren, por ejemplo, sacarlos de su triste miseria tienen, creo, un claro deber moral de leerlo y meditarlo, porque el autor se adentró en el dolor de África, y también en su esperanza, como pocos occidentales han sabido o querido hacerlo. Ningún capítulo en un libro de viajes y recuerdos puede impresionar más, por ejemplo, que la descripción, brevísima, de su visita desde arriba a la iglesia copta del Salvador del Mundo, una de las once que, en el siglo XI, excavó en las rocas el rey san Lalibela de Etiopía; y no por las nobles piedras, sino por la multitud, el mendicante enjambre, que la rodeaba. Pues bien: cuarenta años de recorrer África de arriba abajo, del este al oeste, proporcionan al viajero varias síntesis. Una de ellas es ésta, que él explica desde la entraña del Camerún: La manera de ser de los africanos, al menos de los que he conocido a lo largo de muchos años, se revela como profundamente religiosa. Cuando era preguntado por ellos sobre su propia fe y el huésped europeo contestaba afirmativamente (Oui, je crois en Dieu), veía nos dice qué gran alivio se dibujaba en su rostro , cómo este hecho lo hermanaba conmigo y permitía romper la barrera del color de la piel, del estatus y de la edad. ¿Serán capaces, algunos pedantes europeos, de aprender algo del primero, del segundo o del tercer mundo? Sea como sea, quede con todos ellos en el nuevo milenio la paz de Dios. Carlos Robles Piquer |