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Jesús Colina. Roma
Debo mencionar y con cuánta tristeza los atentados terroristas que siembran la muerte en España y que hieren a todo el país y humillan a Europa entera, que está a la búsqueda de su identidad. En este tradicional discurso el Pontífice, con lenguaje muy claro alguno podría decir poco diplomático hizo un balance de la situación de la paz en el mundo y de los grandes desafíos que tienen que afrontar las sociedades en este inicio de siglo. Analizó los polvorines de violencia que siguen estallando en el planeta. Al afrontar la situación europea, por primera vez sólo se refirió, en su denuncia de la violencia, a lo que sucede en España. Para el Pontífice, el terrorismo de ETA ha dejado de convertirse en un problema propio de España para asumir una dimensión continental. El cuchillazo de la violencia irracional en el viejo continente se convierte, de este modo, en una estocada para todos los europeos. La conclusión es clara: Europa no puede quedar indiferente; la respuesta al terrorismo debe ser conjunta. El segundo gran desafío que tiene que afrontar el Viejo Continente, según el Obispo de Roma, es el de la inmigración. Es hacia Europa adonde miran tantos pueblos como un modelo en el cual inspirarse. ¡Que Europa no olvide jamás sus raíces cristianas que han hecho fecundo su humanismo! ¡Que sea generosa con quienes individuos o naciones llaman a su puerta! La radiografía de la paz hecha por el Pontífice no podía olvidar el conflicto de Oriente Medio. Pocas veces ha sido tan claro en este sentido. Palestinos e israelíes, cuyos representantes diplomáticos estaban presentes en el encuentro, escucharon una seria admonición pontificia: |
| HA LLEGADO LA HORA
Nadie debe aceptar, en esta parte del mundo que acogió la revelación de Dios a los hombres, la banalización de un tipo de guerrilla, la persistencia de la injusticia, el desprecio del derecho internacional o la marginación de los Lugares Santos y de las exigencias de las comunidades cristianas. El Santo Padre fue más allá: Israelíes y palestinos sólo pueden proyectar su futuro juntos, y cada una de las dos partes debe respetar los derechos y tradiciones de la otra. Ha llegado la hora de volver a los principios de la legalidad internacional: prohibición de la apropiación de territorios por la fuerza, derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, respeto de las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas y de las Convenciones de Ginebra, por citar sólo los más importantes, Si no es así, todo puede fracasar: desde las iniciativas unilaterales arriesgadas, hasta una extensión difícilmente controlable de la violencia. La situación de Iberoamérica también preocupa al sucesor de Pedro. En la América hispana el egoísmo y la ambición de poder se han convertido en los peores enemigos del hombre. En ciertas zonas de América del Suraclaró, las desigualdades socioeconómicas y culturales, la violencia armada o la guerrilla, la puesta en tela de juicio de las conquistas democráticas, debilitan el entramado social y hacen perder a las poblaciones la confianza en el futuro. Las guerras olvidadas de África (los conflictos argelino, sudanés, la guerra continental de los Grandes Lagos) también atrajeron el interés del Papa, quien exigió que cesen de circular las armas en un continente que tiene más bien necesidad de pan. El acuerdo de paz alcanzado el pasado mes en Argel entre Etiopía y Eritrea, así como los esfuerzos felizmente concluidos en Somalia, son, según el Papa, motivos de esperanza para África. En Asia constató se dan indudables signos de esperanza. Mencionó en particular el diálogo entre las dos Coreas y el proceso de Timor Oriental hacia la independencia. Pero hay un nuevo flagelo que se abate sobre la tierra y que deja tantas muertes como las guerras: el desprecio de la vida del hombre. Juan Pablo II se refería a las leyes que han "legalizado" el aborto o la eutanasia, y además a los modelos culturales que han diseminado la ideología del consumismo y del hedonismo a cualquier precio. Si el hombre trastorna los equilibrios de la creación, podría llegar a ser irrespirable. A los responsables de la sociedad toca proteger la especie humana, procurando que la ciencia esté al servicio de la persona, que el hombre no sea ya un objeto que se compra o se vende, que las leyes no estén jamás condicionadas por el mercantilismo o las reivindicaciones egoístas de grupos minoritarios. Hizo asimismo mención de las violaciones de uno de los derechos humanos fundamentales: la libertad religiosa, una experiencia que muchos quieren reducir a la esfera de los privado y que encuentra sus casos más flagrantes en Indonesia, y en algunos países de obediencia marxista o islámica. |