RetrocesoA&ONº 243/18-I-2001SumarioRaícesContinuar
Luis de Morales, El Divino
Luis de Morales es el nombre de uno de los mejores pintores extremeños y españoles
que ha tenido el siglo XVI. Su obra, de temática sacra, y su figura, han recibido el homeanje
del pueblo de Badajoz con una espléndida exposición, dentro del claustro de su catedral.
Su título, Al otro lado de la raya, hace referencia a la influencia que tuvo el artista a un lado
y a otro de la frontera —una simple raya—, con Portugal. Con el mismo propósito de recuerdo
y admiración, Caja Badajoz ha editado un libro extraordinario, Luis de Morales, que recoge,
amplia y magníficamente, la vida y obra de este artista extremeño. El autor es don Carmelo Solís Rodríguez,
canónigo de la catedral de Badajoz, y sin duda uno de los mayores especialistas en Luis de Morales,
El Divino, como dirían sus contemporáneos.
De su Introducción a esta obra está tomado el texto que se ofrece en esta doble página
Tierra de encuentros y caminos, frontera de Portugal, Badajoz vive a lo largo de todo el siglo XVI —en el que se inscriben los años de la activiad artística de Morales— un momento de esplendor cultural irrepetible, en torno a la catedral, su monumento más emblemático de los tiempos modernos: la literatura y las artes plásticas, en sus más variadas modalidades, así como el pensamiento teológico y humanístico contaron con figuras significadas en el más amplio contexto nacional. El aparente distanciamiento de la ciudad de los centros artísticos más activos de la Península —que ha pesado también a la hora de emitir un juicio peyorativo sobre el trasfondo cultural del maestro— no fue óbice para que en su paleta resonaran ecos de muy diversas y lejanas precedencias —Italia, Flandes, la tradición hispana…— y para que sus tablas, llevadas por la fama de que estuvo acompañado, viajaran, en vida aún del propio maestro, muy lejos de la ciudad.

Pese al enfático sobrenombre de Divino que ha venido soportando, no es la de Morales una fama difusa, sino de concretos perfiles, a la que podemos acceder tanto por el catálogo de su obra —desbrozado lo espúreo de lo auténtico— como a través de una lista insospechada de comitentes y del testimonio explícito de sus coetáneos, que tuvieron conciencia de la categoría de aquel maestro de pintor, que laboraba con un nutrido plantel de oficiales en su taller familiar, abierto desde la década de los treinta, y a quien se acercaban en demanda de tablas de devoción no sólo los más significados nombres de la nobleza —en muchos casos a través de la mediación del obispo Ribera, el más entusiasta comitente del pintor—, sino también emisarios regios venidos desde las Cortes de Madrid y de Lisboa.

No compartimos la opinión más común de un Morales escaso de inventiva, repetitivo y monocorde en su obra, poblada de reiterativas Piedades y Eccehomos. Es cierto que pocos en España, durante gran parte del siglo XVI, supieron expresar, como él, al compás de los movimientos espirituales de la época, el drama de la Cruz ni el dolor inmenso de una Madre abrazada al cuerpo exangüe de su Hijo. Pero la sensibilidad del artista no quedó enclaustrada en estos temas de Pasión, de los que el pintor se nos muestra como uno de sus más geniales intérpretes, sino que se complace también en otras escenas más amables y atractivas, donde volcar su sensiblidad y su ternura, tan apegada al detalle y a lo aparentemente mínimo. Tales son sus series del Evangelio de la Infancia multiplicadas en los numerosos retablos, de tan varia temática al hilo de las historias sacras, y, sobre todo, sus deliciosas Vírgenes de la leche, con ejemplares paradigmáticos en la iconografía mariana, o sus Vírgenes del sombrero, ahora recuparadas en su original denominación de vestidas de gitana.

Desde las décadas de los cuarenta y cincuenta —tan poco estudiadas y carentes hasta ahora de documentación— se irán sucediendo las tablas de la Virgen del pajarito o sus análogas —en proximidad cronológica y estilística— de Salamanca y Roncesvalles, hasta llegar a la lograda madurez de los grandes retablos de los años sesenta y los múltiples encargos para el santo obispo don Juan de Ribera, que marcan el punto más elevado del quehacer artístico de Morales. Volcará así el pintor, en una larga secuencia de más de cuarenta años, su sensiblidad adscrita a los postulados estéticos del manierismo italo-flamenco, en versiones de acusada personalidad, anticipando en algunas de sus figuras los alargamientos expresionsitas del Greco, para, al final de sus días y más allá de su muerte, aparecer caricaturizada en manos de secuaces e imitadores, que prolongarán su desfigurado magisterio hasta muy adentrado el siglo XVII. Gloria y servidumbre de un artista, cuyo recuerdo perduró también envuelto en la leyenda, que es la forma con que acostumbra el pueblo a memorar a sus más preclaros hijos.

Enraizado en la mejor tradición hispanoflamenca, como artista religioso, abierto a los principios del humanismo y della maniera, como hombre del Renacimiento, y con un registro temático polifónico, en el que resuena, junto a los dramáticos acordes de sus Eccehomos y Piedades, el amable contrapunto de sus deliciosas Madonas y sus Niños. Un pintor, en suma, que, en sintonía con los movimientos artísticos y espirituales de la época, supo expresar en sus tablas de devoción las vivencias mas profundas de aquella sociedad, glosadas en los escritos de un fray Luis de Granada, o en la ejemplaridad de san Pedro de Alcántara y san Juan de Ribera, coetáneos y convecinos. Tal vez aquí, en esta función mediática, resida la clave de su gloria.

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