RetrocesoA&ONº 244/25-I-2001SumarioCriteriosContinuar
Creí; por esto hablé
Creí; por esto hablé: mas yo he sido sumamente abatido. Hay muchas maneras de creer, pero una sola es la que justifica; de aquí que todos los que creen como debe creerse manifiestan su fe de modo idéntico. Creer bien y enmudecer no es posible; lo dice el Espíritu Santo por boca de David: Creí; por esto hablé. Es decir, mi creencia, mi fe no es vacilante, es firme, inquebrantable, y por eso hablo. Se debe hablar para confesar a Cristo, hacer profesión de fe, cuando lo exija el bien de la Iglesia y el provecho del prójimo. Seriamente, sin provocaciones, pero sin cobardías; sin petulancias, pero sin pusilanimidad; con caridad, pero sin adulaciones; con respeto, pero sin timidez; sin ira, pero con dignidad; sin terquedad, pero con firmeza; con valor, pero sin ser temerarios.

Mas yo he sido sumamente abatido. Humillaciones, abatimientos, contrariedades, persecuciones, sufrimientos, martirio, todo ello viene como consecuencia legítima. Así aconteció al Maestro. No ha de ser el discípulo más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor.

La verdad, el bien, la virtud chocan siempre con sus contrarios. El espíritu del mundo está en oposición abierta con el de Cristo, por lo cual dijo el Señor a sus discípulos para prevenirlos: No penséis que vine a meter paz sobre la tierra; no vine a meter paz, sino la espada. Y no es que Cristo deje de ser el pacificador universal; es que la paz del Salvador es la paz verdadera y no esa otra que en vano pretenden conseguir los mundanos.

Nunca como ahora debemos estudiar la vida de los primeros cristianos para aprender de ellos a conducirnos en tiempo de persecución. ¡Cómo obedecían a la Iglesia, cómo confesaban a Jesucristo, cómo se preparaban para el martirio, cómo oraban por sus perseguidores, cómo bendecían al Señor, cómo alentaban a sus hermanos! Hay que demostrar con los hechos que somos discípulos de Jesús, orando por los enemigos y haciéndoles el mayor bien que podamos, que es pedir para que se conviertan.

¿Cómo anduvimos de valor para confesar a Cristo, para defenderle, para sacrificarnos por Él?

Pedro Poveda,
de Escritos Espirituales
(Iter Ediciones)