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Con las gotas de vino que podía conseguir en la celda de la prisión comunista, el obispo preso celebraba la Eucaristía. Las consagraba en la palma de su mano, convertida en altar. Habían sido su alimento de esperanza. Esta anécdota pertenece a uno de los 37 nuevos cardenales que serán creados por Juan Pablo II en el Consistorio anunciado el pasado domingo para el próximo 21 de febrero. Es un testigo muy especial de lo que es y significa el martirio en la Iglesia, que arranca del mismo Calvario y ha sembrado el mundo de sangre bendita a lo largo de la Historia. Se trata del arzobispo vietnamita Francisco Javier Nguyên Van Thuân, Presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, llevado durante más de veinte años de cárcel en cárcel, y de campo de concentración en campo de concentración del régimen comunista. |
| El reguero de sangre con el que fue sembrada la Iglesia en los primeros siglos ha sido evocado muy significativamente por los testigos de la fe en el siglo XX, de quienes el Papa ha hecho memoria en uno de los actos nucleares del Año Jubilar, en el marco sugestivo del Coliseo romano, símbolo de las antiguas persecuciones. En su preciosa Carta Al comenzar el nuevo milenio, Juan Pablo II da gloria a Dios por todo lo que ha obrado a lo largo de los siglos, y especialmente añade en el siglo que hemos dejado atrás, concediendo a su Iglesia una gran multitud de santos y de mártires. A más de uno seguramente le escandalizará que pueda considerarse un regalo de Dios, y no una locura absurda, algo tan tremendo como el derramamiento de la sangre. Sin embargo, tal aparente locura refleja en realidad la mayor de las corduras.
Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra: así escribía poco después del año 100 de nuestra era, a los cristianos de Roma, en tiempos del emperador Trajano, el segundo sucesor de Pedro en la sede de Antioquía, Ignacio, mientras era trasladado a la capital del Imperio, donde sería echado a las fieras a causa de su fe, y añadía: Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Sufrir con este temple el martirio es, sin duda, una muestra imponente de valor la Sagrada Escritura nos aclara que se trata de la fuerza de Dios, la cual se manifiesta en la debilidad, pero no lo es menos de racionalidad. No sólo no demuestra masoquismo, sino que pone de manifiesto la inteligencia de quien sabe ejercer la verdadera libertad. ¡No queráis que muera! ¿No recuerda esta exclamación la tan expresiva de nuestra santa Teresa del muero porque no muero? Evidentemente. Como también recuerda esa inteligente libertad que mostró ya desde niña. Tenía un hermano escribe en el libro de la Vida, casi de mi edad (juntábamonos entrambos a leer vidas de santos), que era el que yo más quería... Como veía los martirios que por Dios los santos pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios, y deseaba yo mucho morir así; no por amor que yo entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber en el Cielo, y juntábame con éste mi hermano a tratar qué medio habría para esto. Concertábamonos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen. ¿No late aquí, con toda su fuerza, la gloriosa libertad de los hijos de Dios que Cristo ha traído a la tierra? Una libertad llena de sabiduría, que ha traspasado los siglos hasta hoy mismo, en los campos nazis y en los gulag comunistas, durante la persecución religiosa en España en los años treinta, y hoy mismo en América, y en África y en Asia, como en los mil lugares del mundo entero donde la fe no se oculta ni se reduce, sino que se despliega en todo su poder humanizador. En esto consiste la santidad, en ser hombre en pleno sentido dicho con las palabras de san Ignacio de Antioquía; la santidad que, en este siglo XX, se ha manifestado más que nunca escribe Juan Pablo II en su reciente Carta apostólica como la dimensión que expresa mejor el misterio de la Iglesia. Mensaje elocuente que no necesita palabras, la santidad representa al vivo el rostro de Cristo. Y, por ello, el auténtico rostro humano. |