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Quisiera, y no quisiera...: quizá nada mejor que la famosa aria de Mozart muestra la idea de cuánto hay bajo la cuestión del reconocimiento de las uniones de hecho, sobre las que las infelices conclusiones del Congreso del Partido Popular Europeo han vuelto a suscitar debate.
El reconocimiento jurídico de la convivencia no fundada sobre el matrimonio es reivindicación que se apoya en una contradicción no resuelta (e irresoluble): por un lado, se quiere la libertad más plena y se rechaza, en consecuencia, el acto del matrimonio; se quiere afirmar la espontaneidad de las relaciones afectivas caracterizadas por la precariedad; por el otro, sin embargo, se quieren hacer derivar de esas relaciones responsabilidades jurídicas precisas. Este querer y no querer al mismo tiempo, esta actitud de titubear refleja esa eterna inmadurez que a veces parece caracterizar a nuestro tiempo que lleva a no optar y dejar abiertas todas las posibilidades. Es bastante peculiar esa extraña situación de un hecho que, en cuanto tal, busca escapar de la regulación jurídica y a la vez busca el reconocimiento de las convivencias de hecho, que significa en substancia querer atribuirse los derechos y deberes propios del matrimonio. Volvamos a la razón. Las razones del matrimonio, como acto jurídico formal que certifica la asunción de los derechos y deberes que caracterizan el status familiar, son cuestiones de razón. La constitución, a través de esto, de una familia no es un hecho ni (sólo) personal ni (sólo) privado. No es un hecho personal porque implica necesariamente a otros sujetos: el cónyuge, los hijos, cuyos derechos elDerecho está llamado a garantizar con certeza, siempre, donde sea. Pero tampoco es un hecho privado, porque la familia tiene funciones educativas, sociales, asistenciales, en general solidarias, que en su ausencia o en el caso de su incapacidad el Estado, y por lo tanto la sociedad, es decir, todos nosotros, estamos llamados a asumir. |
| Para lograr esa certeza (que cualquiera de nosotros desea para cualquier relación contractual) y, por lo tanto, para rodear de la protección adecuada la institución natural de la familia, la Humanidad ha realizado un esfuerzo notable y elevadísimo. La historia del Derecho enseña que la formalización jurídica del matrimonio, que nace mucho antes que la Iglesia y su derecho, ha sido en el tiempo factor de civilización, de garantía de los más débiles.
Razonablemente el Estado debe garantizar la libertad de elección; pero esta garantía es evidentemente inconciliable con la pretensión de querer después, retroactivamente en el tiempo, quizá cuando han pasado los años, ventajas pero no cargas. Quizá una reflexión más serena y menos emotiva, más racional y menos ideológica podría desemponzoñar el debate. Como se ve, la defensa del matrimonio es una cuestión de razón y no de fe. Ciertamente la Iglesia no está sola en tal empeño, pero es increíble el empeño de algunos en que se deje a la Iglesia sola en defender la razón. Giuseppe dalla Torre El Congreso en Berlín del Partido Popular Europeo ha sancionado la existencia, para nosotros italianos, de un vínculo europeo, digamos así, de tipo ideal, además del de naturaleza financiera, impuesto por los parámetros de Masstricht. Así como este último nos obliga a afinar más en materia de cuentas públicas, el ideal ha obligado a nuestros post-demócratacristianos a ser más liberales en materia de Derecho de familia. La aprobación por parte de Berlusconi, Castagnetti, Buttiglione, Casini, D´Onofrio, de una moción de compromiso sobre la parejas de hecho, entre la propuesta por los conservadores de Europa del norte, más abierta, y la precedente de todos los católicos de los partidos italianos, cerrada a cualquier concesión a las uniones fuera del matrimonio, sugiere dos reflexiones. En el Congreso de Berlín ha nacido un gran movimiento neo-conservador europeo, que ha abandonado, sobre el plano económico, el solidarismo de tradición (demo)cristiano del viejo Partido Popular Europeo, para alcanzar un liberalismo más acentuado de matriz individualista. La diferencia entre los otros partidos neo-conservadores del resto de Europa y el centroderecha italiano es que el paso del solidarismo al liberalismo en economía llega acompañado, para los primeros, de una más acentuada connotación liberal y laica también en política, mientras para Forza Italia y sus aliados tal transición parece menos automática y, por lo tanto, más lenta. Es indudable, y de buen agüero, que la posición asumida en Berlín parece destinada a atenuar, también en nosotros, los contrastes entre laicos y católicos. Piero Ostellino |