|
|
El pasaje evangélico de este domingo es continuación, o segunda parte, del pasado, en el que Jesús proclamaba en la sinagoga la Buena Noticia de salvación para todos.La respuesta, de los suyos, y por eso se hace más dolorosa, es de incredulidad: ¿No es éste el hijo del carpintero? Es decir, ¿no conocemos suficientemente a su familia y a él mismo?... ¿Qué nos tiene que decir?... Esta misma actitud sigue adquiriendo plena vigencia en los tres últimos siglos, los de la modernidad y postmodernidad, cuando se cuestiona la divinidad y centralidad de Jesucristo para la Humanidad (¿Qué tuvo Él que no tuvieran otros fundadores de religiones?, se preguntan los intelectuales) y cuando, por eso mismo, se cuestiona la verdad total del cristianismo (Es sólo una religión más entre otras, subrayan esos mismos intelectuales). Y, para más afianzarse en sus posturas, critican y sitúan en primer plano los defectos, que los tiene, de la Iglesia. Me recuerda algo que leí hace años. Lo transcribo. Un niño sale de la escuela llorando. Llega a casa. Su madre le pregunta la razón de su llanto. Manolito no se atreve a contarlo. Teme hacer daño a su mamá. Al final, ante la insistencia de su madre, habla: Mis compañeros dicen que eres fea, mamá, porque tienes la cara quemada. La madre intuye que ha llegado el momento de explicar a su hijo el secreto de por qué, efectivamente, tenía el rostro deformado por quemaduras. Mira, cuando eras pequeñín, y estabas en la cuna, tu madre encendió una estufa de serrín. De aquella estufa comenzaron a salir ascuas ardiendo e iban directas a tu cunita. Me interpuse, sin pensarlo dos veces, entre las ascuas y tu cunita, y aquellas pavesas se pegaron en mi cara impidiendo que ardieras tú. Por eso tu madre, desde entonces, tiene la cara fea y quemada. Manolito reaccionó y estampó un fuerte y sincero beso de agradecimiento a su madre. Esta historia, que he tenido que narrar en varias ocasiones, refleja lo que sucede con muchos cristianos, y con los no creyentes, en relación a la Iglesia: no les gusta, porque sólo se fijan en sus defectos, en su cara quemada o arrugada. Pero no se dan cuenta que ella, la Iglesia, es su casa y el sacramento de sanación que Jesús mismo ha querido para cada uno de nosotros. Lo decían los primeros escritores cristianos, y lo seguimos repitiendo: la Iglesia, al mismo tiempo, es santa y pecadora. Y la Iglesia, al mismo tiempo, es nuestra madre (nos ha dado a luz a la vida en Jesucristo) y nuestra hija (depende, históricamente, de lo que nosotros hagamos de ella). Es, sin duda, una casa de todos y para todos. Todos somos necesarios en ella, y todos recibimos de ella lo que necesitamos. Un escritor ateo de nuestros días, cuando experimentó la conversión y descubrió, desde dentro, qué era en verdad el cristianismo, y cuál era la misión de la Iglesia, exclamó la misma frase que hemos escuchado en otros contextos: ¡Si no existiera, habría que inventarlo! Una lección final: que el miedo al qué dirán, o los prejuicios de los demás, no nos echen atrás en nuestra vivencia de un cristianismo coherente y fiel. Raúl Berzosa Martínez |