RetrocesoA&ONº 244/25-I-2001SumarioEn portadaContinuar
Los mártires, esperanza del mundo
El año 2000 ha sido marcado por el sacrificio de 30 mártires: misioneros, misioneras, seminaristas, voluntarios. Casi tres al mes. Las circunstancias en que encontraron la muerte recalcan el mapa de los focos del fuego del planeta: África Central, donde los diamantes y el oro valen más que la vida; el Asia de los fundamentalismos, islámico e hindú; la Iberoamérica de las guerrillas y de la droga; la Albania de las mafias y del comercio de clandestinos. La mano que asesinó a estos mártires no es sólo la del bandido, del desertor o del fanático fundamentalista.

Las situaciones en las que encontraron la muerte son un condensado de connivencia globalizada: al África de los mercenarios contribuye también un Occidente interesado por este continente sólo por las materias primas; el fundamentalismo islámico de las Filipinas o de la India son también el resultado de injusticias de Gobiernos, un fruto de la indiferencia mundial hacia la libertad religiosa. Todo esto hay que decirlo, no por denuncia estéril, sino para dar esperanza. Para los cristianos, la muerte de los mártires es signo de que, también en las situaciones más engangrenadas y a la deriva, hay quien trabaja, vive y muere. El martirio es la semilla más fructuosa también para mucha política internacional, que parece ir a la deriva e impotente.

Muchos de estos mártires fueron asesinados antes o después de la Misa o del catecismo; otros, a manos de ladrones o mercenarios para ser privados de las riquezas de su misión; otros durante el ejercicio de su caridad con los enfermos. De algunos de ellos se sabe que rezaban por sus asesinos y perdonaban. Todos pusieron a disposición su muerte como signo de victoria sobre el odio y el mal. Por eso se ha incluido también entre los mártires a las religiosas y enfermeras voluntarias que desafiaron deliberadamente a la muerte curando a los enfermos de Ébola, en Uganda.

HAN CELEBRADO EL JUBILEO CON SU MUERTE


Como cada año, la lista de los 30 mártires del concluido año 2000, es siempre redondeada por defecto. No se incluyen los cientos (quizás miles) de muertos en las Molucas ni los muchos cristianos anónimos encarcelados en China, Sudán, Ruanda, de los cuales no se sabe nada. Según estudiosos protestantes, los mártires del 2000 (católicos, ortodoxos, protestantes, evangélicos) serían unos 165.000 cristianos. A esta lista de santos inocentes habría que añadir toda la lista de los millones de abortos y los miles de embriones sacrificados al egoísmo del poder económico y del bienestar. Después de 2.000 años es cada vez más evidente, que la decisión pro o contra Cristo es también una decisión pro o contra el hombre, pro o contra la vida.

Es claro que los 30 mártires del 2000 son sólo la punta del iceberg, el escondido recurso de la esperanza del mundo. Ellos son el don más valioso del Gran Jubileo que acaba de ser clausurado. La celebración de los 2.000 años desde el nacimiento de Jesucristo hizo emerger en diversos momentos la memoria de los mártires y de los testigos de la fe del pasado: el Mensaje de la Paz, del Papa Juan Pablo II, la celebración del 7 de mayo, el tercer secreto de Fátima, las canonizaciones de los mártires chinos... Estos 30 mártires del 2000 son algo más: ellos han celebrado el Gran Jubileo con su muerte. Ante los ojos de todo el mundo, afirman que el ideal cristiano está todavía vivo y que, después de 2.000 años, hay todavía quien dona la vida y la muerte por Cristo y por el mundo. Ellos son la respuesta positiva a esa terrible pregunta de Jesús: Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra todavía?

Bernardo Cervellera