RetrocesoA&ONº 244/25-I-2001SumarioEspañaContinuar
Tras el Encuentro de Oración por la paz del pasado 13 de enero, en Vitoria
Una larga marcha...
La violencia se gesta y alimenta en la cabeza y en el corazón, para expresarse en las palabras y en las obras, decían los obispos de Bilbao en su Mensaje Dichosos los que trabajan por la paz, de diciembre de 1998. Por eso, porque la perversidad que sustenta al terrorismo ha arraigado profundamente en no pocos corazones, la oración insistente y confiada a Dios es un recurso que la Iglesia no puede dejar de utilizar en su combate contra el terror de ETA. Quien ora con sinceridad experimenta un cambio, un plus de humanidad. 50.000 personas llevaron a cabo este gesto de auténtica humanidad el pasado 13 de enero en la campa vitoriana de Mendizabala. Encontraron un punto común más radical y decisivo que todas sus discrepancias. La Iglesia une a los vascos en contra de ETA, titulaba con acierto un diario poco dispuesto a la indulgencia. Esta vez se ha podido ofrecer un testimonio elocuente de la unidad de los católicos en las diócesis del País Vasco y de Navarra. Habrá que trabajar para que no sea flor de un día.

Nosotros nos comprometemos a trabajar por la paz en la verdad, la justicia y el amor, comenzaba la plegaria pronunciada por monseñor Fernando Sebastián. La Iglesia no propugna la paz de los cementerios, de los esclavos o de los borregos, como algunos repiten cansinamente, sino la paz basada en la verdad, la justicia y el amor: Señor, que donde haya violencia, nosotros pongamos libertad. ¿Será necesario recordar aquí cuanto han dicho los obispos al respecto en estos años? El terrorismo es la mayor de las negaciones de la justicia y de la caridad, afirmó el Presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Rouco, en su discurso ante la última Asamblea Plenaria, para añadir a continuación que no admite cobertura ideológica alguna.

Han sido incontables las ocasiones en que los obispos (y especialmente los obispos vascos y el de Navarra) han levantado su voz para condenar la lacra del terrorismo de ETA. Y, sin embargo, la sospecha, alimentada por diversos medios, permanece. Muchos nos invitan a revisar la Historia, a hacer examen de conciencia: pues bien, ya se está haciendo, y con una libertad y humildad que para sí quisieran muchos otros. La condena contra el terrorismo ha sido constante, cierto; pero hay que reconocer que en el interior de la Iglesia vasca, junto a iniciativas valientes contra el terror (de las que casi nunca se habla), han convivido personas y grupos (minoritarios pero muy activos) alineados con el nacionalismo radical. Esto ha dificultado durante años un diagnóstico transparente del fenómeno de la violencia, la denuncia de sus raíces culturales y una acción más eficaz a favor de las víctimas. Este último es el aspecto más doloroso de la cuestión, y sería inútil buscar complejas justificaciones. Así lo han entendido los obispos de Bilbao, y por ello han pedido perdón en nombre de sus comunidades. Así lo ha reconocido también un nutrido grupo de sacerdotes vizcainos: A menudo no hemos sabido estar cerca de quienes más injustamente han sido golpeados por acciones violentas, no hemos alzado nuestra voz o realizado gestos de denuncia de conductas vejatorias. Pero, junto a este reconocimiento, no podemos olvidar que los primeros movimientos por la paz que se hicieron presentes valerosamente en las calles del País Vasco nacieron de la base eclesial de las parroquias vascas.

PERDÓN Y RENCONCILIACIÓN

Otro elemento que distorsiona la imagen de la Iglesia en este proceso, ha sido y es su deseo de no cortar puentes con los familiares de los terroristas, para quienes ha sido con frecuencia el único lugar al que acudir en busca de consuelo y ayuda. Las palabras de comprensión y los gestos de ayuda a ese mundo han podido a veces no ser bien explicados, pero la Iglesia ha prestado un servicio impagable no sólo a esas personas, sino a la futura reconciliación de la sociedad.

También se reciben con escándalo las invitaciones de la Iglesia al perdón y a la reconciliación. En este delicadísimo asunto conviene evitar cualquier equívoco: no hay simetría posible entre víctimas y verdugos, sino una diferencia radical. Es cierto que los asesinos degradan su propia humanidad con el ejercicio de la violencia, y que esto no deja de comportar un sufrimiento, pero su significado y tratamiento es completamente diverso del que padecen las víctimas. Dicho esto, la Iglesia no puede renunciar a invitar al perdón, desde el corazón mismo del Evangelio. El perdón nunca se puede imponer ni forzar, pero la Iglesia puede y debe invitar a perdonar, como hizo desde la cruz el Inocente por antonomasia. El perdón no desconoce ni la realidad de la culpa ni las dimensiones terribles de sus consecuencias, pero es una fuerza de verdadera humanización, y un recurso vital para construir una paz justa.

En todo caso, me parece intuir que este proceso con sus variados elementos, sus contradicciones y claroscuros, tiene un punto de inflexión, o si se prefiere un cambio de paso, a finales de 1988, con el Documento Dichosos los que trabajan por la paz, que lleva la firma del obispo de Bilbao, monseñor Ricardo Blázquez, y de su auxiliar monseñor Carmelo Etxenagusía. De aquí arranca un esfuerzo por afinar el mensaje, disolver malentendidos, denunciar las raíces culturales del terrorismo y marcar las tareas prioritarias de la Iglesia. No creo que sea aventurado decir que la nueva línea pastoral de monseñor Uriarte en San Sebastián converge con esa senda, que a su vez está siendo intensamente acompañada por el conjunto de los obispos españoles, con un protagonismo significativo del cardenal-Presidente de la Conferencia Episcopal.

Para cumplir su misión, la Iglesia no puede olvidar que el proyecto totalitario de ETA ha crecido sobre las cenizas de la tradición cristiana de una parte significativa de la población vasca, que sustituyó toda una cultura cristiana de la vida por el mito destructivo de la ideología totalitaria.

Por eso, entre las urgencias del momento, la Iglesia siente con especial responsabilidad la conversión moral y espiritual que permita superar y erradicar el terrorismo. Ése es el campo en el que puede aportar su contribución más genuina, precisamente la que ninguna otra institución de orden político, económico o social podría ofrecer. De ahí lo absurdo de algunas presiones, maledicencias e incluso chantajes morales, que estos días están a la vista en diversas tribunas, para empujar a la Iglesia a adherirse a un pacto en el que no le corresponde entrar como un sumando más. Los partidos y otras organizaciones deben diseñar su estrategia de lucha contra el terror teniendo en cuenta un núcleo irrenunciable de valores, pero también una serie de circunstancias cambiantes y muy opinables. Pedir a la Iglesia que avale todos y cada uno de los aspectos de esa estrategia es desconocer su naturaleza y misión, pero además significa ser políticamente miope.

Como el ambiente se viene enrareciendo desde hace tiempo, y la confusión en vez de menguar avanza, era necesario un gran gesto público, capaz de expresar el momento de conciencia de la comunidad eclesial y de ofrecer a pecho descubierto el compromiso más rotundo y completo a favor de la justicia, la libertad y la paz, de la Iglesia en el País Vasco, en Navarra y en toda España. El Encuentro de Vitoria ha servido para esto, aunque no sea un puerto de llegada, sino una afortunada escala en una larga travesía, en la que todos necesitaremos valentía, humildad, y purificación. Que el Señor nos dé una afortunada escala en una larga travesía, en la que todos necesitaremos valentía, humildad, y purificación. Que el Señor nos dé fuerza.

José Luis Restán