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¿Qué ha representado el Año Jubilar para los Legionarios de Cristo?
Nosotros llevamos en nuestro código genético espiritual el sentido de pertenencia a la Iglesia. Por ello nos hemos esforzado por vivir este Año Jubilar en profunda comunión con la Iglesia universal y con las diversas Iglesias particulares, en las que actuamos. En Roma hemos participado con intensidad y profunda alegría espiritual en diversos encuentros jubilares: desde el de los religiosos y las personas consagradas, el de los sacerdotes donde yo personalmente he tenido la gracia de poder ofrecer un testimonio, al de los jóvenes, entre los cuales se han mezclado 450 seminaristas nuestros que estudian en Roma Pero, sobre todo, nos hemos esforzado por vivir en profundidad la esencia misma del Jubileo: la invitación de la Iglesia a renovar y profundizar la adhesión personal a Cristo. Ha sido un año denso de espiritualidad, y rico en iniciativas destinadas a transmitir este mismo mensaje a los muchísimos laicos con los cuales trabajamos en todo el mundo. En los albores del tercer milenio, ¿cuál es el programa de la Congregación? Nuestra Congregación se encuentra en los inicios de su camino. Nuestra mirada está del todo puesta en el futuro. Debemos continuar nuestra expansión y nuestra maduración como comunidad fiel al carisma que Cristo nos ha confiado. Nuestro programa es el servicio a la Iglesia, a través de nuestro apostolado específico, en la Iglesia universal, en la colaboración con los obispos locales y en comunión con las otras realidades eclesiales. ¿Qué piensa sobre la familia y los jóvenes? Estoy convencido de la necesidad de continuar insistiendo en la propuesta que viene del Evangelio. Mirando superficialmente las cosas y viendo ciertas tendencias y algunas leyes o medidas que se están aprobando en algunos países, podría parecer que se trata de batallas perdidas; pero no es así. Sobre todo, porque Cristo no quiere que sea así; y porque la dirección que se está intentando dar a la familia y a la vida de los jóvenes es contraria a la naturaleza misma de la persona y a sus exigencias más profundas. Quien se propone destruir la familia la verdadera, esa comunidad de humana intimidad formada por el padre, la madre y sus hijos podrá tener éxito en alguna escaramuza, pero no vencerá nunca, a menos que logre que la persona humana se convierta en otra cosa. Los jóvenes nos están demostrando que el mensaje y la persona de Jesús es capaz de atraer y de llenar de esperanza y de alegría la vida de cada ser humano. |
| ¿Cuál es la tarea de los sacerdotes para abrir las puertas a Cristo?
El papel del sacerdote es esencial. Jesús ha dicho: Quien os escucha, me escucha a Mí. Parafraseando esta expresión podremos decir: Quien os abre las puertas, me abre las puertas a Mí. Pero, para esto, es necesario que, cuando son abiertas las puertas del alma, haya un verdadero sacerdote, un verdadero representante de Cristo Señor. Nada más y nada menos. Estoy convencido de que una de la mayores urgencias de la Iglesia actual es la renovación profunda de la vida sacerdotal: el fomento de abundantes y buenas vocaciones, la formación sólida y profunda de los candidatos al sacerdocio, el acompañamiento continuo de cada sacerdote, con el fin de que sea verdaderamente el hombre de Dios que transmite con su palabra, con su vida, a través de los sacramentos, la presencia de Dios en Cristo Jesús. Es un hecho: donde hay un sacerdote santo hay una comunidad viva donde Cristo se encuentra como en casa. El sacerdote debe buscar también que los hombres de hoy comprendan que el Evangelio no niega al hombre, sino que lo exalta y lo lleva a su plena realización; que el progreso científico y tecnológico es útil para el hombre, en la medida en que favorece el bien integral del hombre. El Evangelio es la mejor brújula para no perder el norte en la verdadera promoción del hombre. ¿Cómo ha de se la nueva evangelización de Europa? No es fácil responder. No creo que haya una fórmula mágica para la nueva evangelización de Europa. Las raíces cristianas de Europa son mucho más profundas de cuanto pueda parecer, y dan frutos extraordinarios. Basta pensar en los numerosos movimientos eclesiales, sobre todo juveniles, llenos de vitalidad genuinamente cristiana, que podrán ayudar a hacer que los europeos vuelvan a encontrar el coraje de creer con sencillez, después de siglos de elucubraciones y montajes especulativos de todo tipo que no han sido capaces en sembrar más que el vacío existencial y el dominio de la violencia. Es importante responder a la llamada de Juan Pablo II a través, especialmente, de la evangelización de la cultura: educar niños y jóvenes, con una formación integral basada firmemente en el Evangelio. LAICOS Y MOVIMIENTOS
La globalización de la economía corre al riesgo de marginar aún más a los pueblos más pobres; y la de la información tiende a homologar mensajes indiferenciados de relativismo y consumismo. ¿Cómo se coloca, en tal contexto, la misión de los Legionarios de Cristo? Nuestra misión es genuinamente evangélica, no simplemente cultural o social. Estamos convencidos de que la luz del Evangelio es capaz de iluminar la conciencia de los hombres de modo que los responsables de la política y la economía sean capaces de abrir los ojos a la necesidad de todos aquellos que se encuentran en la necesidad, tengan la fuerza de volver a encontrar la propia dignidad de hijos de Dios, y sean capaces de preparar con paciencia y coraje su desarrollo. Por lo que respecta a la cultura relativista del consumista que sofoca hoy nuestras sociedades, estoy convencido de que se pueda superar sólo con los valores fuertes y profundos que responden a las exigencias profundas del espíritu humano. Intentar atenuar o aguar la propuesta de estos valores e ideales para adaptarlos a la cultura de bajo perfil hoy imperante, es como suministrar a un enfermo grave una medicina en dosis insuficientes, prolongando así su enfermedad mortal. Lo vimos el pasado verano: el Papa convoca a los jóvenes, les ofrece valores fuertes y se reúnen dos millones junto a él. No hay valores más fuertes y sublimes que los proclamados por Jesús. Los laicos, apoyados por sacerdotes, están llamados a llevar esos valores fuertes a todos los hombres y mujeres con los que conviven, a ser el fermento de la masa. Para hacerlo, es imprescindible que estén formados en su fe cristiana y ayudados a vivirla de modo coherente y alegre. ¿Cuál es para usted la esencia de los movimientos eclesiales? Es evidente que cada movimiento eclesial tiene su carisma específico con el cual enriquece el conjunto de la Iglesia. ¡Es un peligro pretender unificarlos todos, desnaturizándolos y eliminando aquellos aspectos particulares, porque el Señor los ha querido inspirar! La primavera que estos movimientos están suscitando en la Iglesia, está necesariamente ligada al reflorecer de lo esencial en el mensaje cristiano: el amor de caridad. En los últimos años algunos dirigentes y fundadores de estos movimientos hemos tenido la gracia de encontrarnos; hemos podido conocernos mejor, y profundizar juntos en lo que el Señor nos pide. Como guías debemos vigilar a fin de que el Espíritu de Pentecostés permanezca vivo entre nosotros y entre los miembros de nuestras familias espirituales. Nuestra respuesta deberá ser el ejercicio de la caridad cristiana en pensamientos, palabras y obras, esforzándonos en alejar de nosotros la crítica, la maledicencia, la división, y en modo especial la calumnia. Así podremos ayudar a la Iglesia a un nuevo florecer de la caridad de Cristo, como la vivían los primeros cristianos que maravillaban a los paganos hasta el punto de hacerles exclamar: ¡Mirad cómo se quieren! |