|
|
A. Ll. P.
No son pocos los que se han sorprendido de que una colección como la de la familia Thyssen sea fruto de sólo dos generaciones. La primera vez que pudo contemplarse reunido su núcleo principal fue en 1992, cuando se abrió al público el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, y quedó claramente de manifiesto que se trataba de la colección privada más importante de este siglo. August Thyssen (1842-1926) fue el creador del imperio económico de la familia. La industria siderúrgica le proporcionó la fortuna sobre la que asentar la colección, hoy mundialmente conocida, ya en la madurez de su vida. Para comenzar lo que sería, en principio, una colección de escultura, se puso en contacto con el escultor más famoso e importante de la época, Auguste Rodin, quien hizo para él una serie de siete magníficas esculturas. Pero este primer proyecto de coleccionismo artístico se vió truncado por la primera guerra mundial, y las esculturas fueron vendidas a una familia alemana, siendo, más tarde, recuperadas por el actual barón. |
| La guerra y su destrucción no permitieron a August Thyssen continuar con su sueño, pero su hijo Heinrich ya había recogido el testigo, y es a partir de él cuando la colección Thyssen comienza a crecer, al principio de una forma discreta. Comenzó con obras de autores alemanes como Hans Baldung Grien, Altdorfer o Durero, y demostró también interés por la pintura neerlandesa, adquiriendo piezas de Robert Campin, Petrus Christus, Rogier van der Weyden, Jan van Eyck o Juan de Flandes. Las pinturas italianas también tuvieron un hueco en el interés de HeinrichThyssen, y éste se hizo con obras de Domenico Ghirlandaio, Carpaccio, Caravaggio, Tiziano, Veronés o Tintoretto. A todos estos ilustres pintores se unieron ingleses como Reynolds o Gainsborough, o franceses: Watteau o Chardin.
La muerte de Heinrich Thyssen dejó huérfanas a más de 500 obras de arte, y a cuatro hijos, de los cuales, sólo uno de ellos, Hans Heinrich, decidió continuar con los negocios de su padre. Todo los esfuerzos de Hans Heinrich Thyseen se centraron, al principio, en lograr unir todo el trabajo de coleccionista de su padre, que había sido forzadamente partido por la herencia. No fue hasta 1956 cuando compró su primera obra a alguien ajeno a la familia. Era Retrato de un hombre, de Francesco del Cossa. Hans Heinrich Thyssen quiso ir más allá y explorar períodos artísticos que no habían suscitado el interés de su padre. Es por esto por lo que adquirió tanto obras de maestros antiguos, como Duccio, Kalf, Goya o Boucher, como, a partir sobre todo de los años sesenta, arte moderno, extendiéndose éste a todos los movimientos importantes que tuvieron lugar en el siglo XX. El expresionismo llamó mucho la atención del Barón, además del impresionismo y postimpresionismo, junto con las primeras vanguardias. El gran conjunto de obras acumuladas encontraron, por fin, un emplazamiento en España, enriqueciendo el panorama museístico y formando el denominado triángulo del arte, junto con el Museo del Prado y el Centro de Arte Reina Sofía. |