RetrocesoA&ONº 245/1-II-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
Sr. Bush: ni aborto,
ni pena de muerte
J. F. Serrano Oceja
pserrano@planalfa.es

El pragmatismo moral del coloso americano no debe confundirse con la política del bien común. Michael Beschloss habla del final de la presidencia imperial, con la victoria de George W. Bush. Para escándalo de los políticamente correctos, el gran César Bush ha comenzado su mandato con un sorprendente anuncio. El diario La Vanguardia, en su edición del pasado martes 23 de enero y en tortuosa crónica del corresponsal en Washigton Xavier Mas de Xaxás, decía: Ayer se celebró el 28 aniversario de Roe contra Wade, el polémico caso mediante el cual el Tribunal Supremo legalizó el aborto en Estados Unidos. Como cada año, hubo manifestaciones frente al edificio del Alto Tribunal, en la colina del Capitolio, con las emociones a flor de piel y una docena de detenidos. El presidente Bush se solidarizó con los protestantes, a los que envió un comunicado, diciéndoles: "Compartimos el mismo ideal: trabajar para que llegue el día en el que cada niño sea bienvenido a la vida y protegido por la ley". Bush considera que la madre no tiene derecho a escoger si quiere tener hijos porque los derechos del feto deben estar por encima de su voluntad. Por eso prometió a los manifestantes que luchará para "construir una cultura de la vida, afirmando que cada persona, en cada fase de su vida, se ha creado a semejanza de Dios".

La historia no termina aquí. El diletante diario El País también se hacía eco, en la edición del 23 del pasado mes, de esta carta enviada por el nuevo Presidente de los Estados Unidos. Javier Valenzuela escribía: El Presidente también arrojó un hueso a los miles de manifestantes. La Casa Blanca informó de que firmará en los próximos días una orden prohibiendo la entrega de fondos federales a grupos que promuevan el aborto fuera de los Estados Unidos. Se trata principalmente de ONG de ayuda al tercer mundo, muchas de ellas, como "Population Action Internacional", apadrinadas por Naciones Unidas, que difunden en Asia, África y América Latina los principios y métodos de la planificación familiar, incluida la interrupción voluntaria del embarazo.

Ahora bien, no todo es de color de rosas. La agencia Zenit, Http://www.zenit.org/, recogía, en su servicio del pasado 24 de enero, una información en la que se afirmaba: Radio Vaticano también dedicó un amplio espacio a esta noticia. En un comentario sobre este argumento, Kathy Cleaver, portavoz de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos para cuestiones relacionadas con la vida, ha aplaudido muchos de los compromisos adoptados por Bush en esta materia, como la prohibición del aborto por decapitación (o nacimiento parcial) o el suicidio asistido. Cleaver apoya también a Bush al anunciar su oposición a la financiación pública de la investigación científica con embriones humanos. Ahora bien —aclara el portavoz—, en el conjunto "su posición no está totalmente de acuerdo con la doctrina de la Iglesia católica":"El presidente Bush camina en la dirección justa por lo que se refiere al aborto, pero está fuera de camino por lo que se refiere a la condena a muerte". Durante sus seis años como Gobernador de Texas fueron ejecutados en ese Estado 152 convictos. Juan Pablo II, especialmente durante su visita a San Luis (Missouri), en 1999, consideró que el recurso a la ejecución hoy día, cuando el Estado cuenta con otras opciones para defender a los ciudadanos, no está en consonancia con el respeto del valor de la vida, que es un don de Dios.

Quizá tengamos que dar un paso atrás, no en el tiempo sino en el espacio virtual, con Lorenzo Albacete, en su columna del New York Times magazine, del pasado domingo 21 de enero, respecto a la política de Bush con las denominadas organizaciones religiosas. Albacete apunta que los defensores de estas ayudas, dentro del nuevo Gobierno Bush, afirman la constitucionalidad de tales programas, insistiendo en que están reconociendo, no la vida religiosa de estas comunidades locales, sino la eficiencia con la que llevan los programas de asistencia social. Tal punto de vista considera posible separar la dimensión religiosa —la dimensión que reclama sobre las últimas preguntas y el significado de la vida— de los resultados favorables de la institución que encarna. La religión puede, en efecto, tener beneficios prácticos. Pero si se deja a un lado sus exigencias de verdad, ya no es una religión. Es puro sentimentalismo y buena voluntad. Es una religión con un Dios muerto. Si elegí el camino del celibato no fue por ninguna razón externa, sino como parte de mi experiencia de estar ante una Presencia que es simultáneamente atractiva e imponente, deseada y temida al mismo tiempo. El temor de experimentar el no ser digno de tal experiencia, de perder ese nexo con lo que te da vida. Es esta experiencia, y no una mentalidad esclava, la que lleva a personas a renuncias asombrosas, a abrazar una vida de pobreza y celibato en solidaridad con aquellos que no tienen recursos ni amigos. Si esta experiencia desaparece, las instituciones religiosas podrán todavía ser capaces —durante un tiempo— de dirigir comedores de sopa y supervisar eficientemente programas de recuperación para alcoholicos, mantener la ley y el orden o luchar contra la opresión. Al final, sin embargo, tal "religión" no tendrá fuerza interna para oponerse a la manipulación social y al poder político, y no puede más que desvanecerse. La religión auténtica no es instrumental. Es inseparable de un misterio que es reconocido como la fuente de la existencia, esto es, como verdadero. Si esto pasa, corre el riesgo de perder su cualidad esencial.

En resumen, el diario italiano Avvenire recogía, en el ejemplar del pasado 27 de enero, la noticia, ampliamente difundida en la prensa internacional, del encuentro entre el Presidente Bush y el neocardenal arzobispo de Washington, Theodore McCarrick, acompañados por el Nuncio de Su Santidad en Estados Unidos, monseñor Montalvo, y una serie de relevantes prelados nortemaricanos. El titular decía: Bush y los católicos: colaboramos. ¡Viva la inteligente nostalgia de un presente, que no es pasado!