RetrocesoA&ONº 245/1-II-2001SumarioCriteriosContinuar
Una perestroika a la medida del hombre
Recuperar con normalidad la vida de la Iglesia católica en Ucrania, después de casi ochenta años de totalitarismo en los que no sólo ha sido perseguida, sino prohibida y expoliada, no será posible en una sola generación —acaba de declarar el recientemente anunciado próximo cardenal Husar—. Creo que necesitaremos de, al menos, tres generaciones… para afrontar una nueva, completa "perestroika" espiritual. Los signos del régimen comunista son todavía bien visibles. Está claro que, en el horizonte del arzobispo ucraniano católico-oriental de Lvov, como del propio Juan Pablo II, está esa revitalización de la Iglesia en el Este europeo, de cuya vida martirial tanto —es preciso reconocerlo— necesitamos aprender en Occidente.
Recibid el birrete rojo como signo de la dignidad cardenalicia, para mostrar que sois capaces de estar dispuestos a comportaros con fortaleza hasta el derramamiento de la sangre, para el crecimiento de la fe cristiana. Así dirá el Papa a cada uno de los cardenales elevados a la categoría de servidores con la expresa mención de que han de estar dispuestos a servir hasta el derramamiento de la sangre. A su vez, el nuevo príncipe de la Iglesia dirá: Prometo y juro permanecer, hasta el final de mi vida, fiel a Jesucristo, en constante obediencia a la Iglesia, y a san Pedro en la persona del Sumo Pontífice. Pretender explicar ésta, como todas las otras realidades de la Iglesia, con la óptica de los poderes de este mundo, hace imposible de todo punto comprenderla, con el riesgo, además, de sacar conclusiones diametralmente opuestas a la verdad de la realidad.

El poder de la Iglesia, que es el de Cristo, no es —en sus propias palabras— de este mundo. Muchos, seguramente, discreparán de tal aserto, en cuanto que la historia de la Iglesia ha sido testigo de no pocas muestras de su poder terreno. Nada extraño, por otra parte, al estar en el mundo, como el mismo Cristo dice a sus apóstoles. En todo caso, introducida la Iglesia hasta la misma entraña del mundo, no pierde un ápice de su verdad la afirmación de que su poder no es de este mundo. Si esto ha sido cierto a lo largo ya de sus dos milenios cumplidos —¿cómo hubiera podido permanecer si se tratara realmente de un poder mundano?—, en el presente se muestra con toda evidencia. La época de las largas y ostentosas vestimentas de los cardenales, cuyo título de príncipes parecía alejarlos de la vida cotidiana de los hombres, ciertamente pasó a la Historia…, y una Historia, además, que en ningún caso puede juzgarse, y ni siquiera conocerse verdaderamente, si le aplicamos los clichés de la mentalidad y los criterios de hoy.

Este poder de la Iglesia de Cristo, ciertamente, no es homologable a los poderes socio-políticos o económicos, pero eso no significa que carezca de consecuencias sociales, políticas y económicas. Más bien, al contrario, tales consecuencias serán de más largo alcance cuanto más fielmente ejerza su poder, recibido de lo alto. Tenemos, sin ir más lejos, el testimonio incuestionable del propio Juan Pablo II. Nadie puede poner en duda la pureza apostólica y pastoral de su pontificado, y, sin embargo, pocos pontificados como el suyo han tenido tantas consecuencias en las realidades temporales. El poder de la Iglesia, que se dirige al hombre en toda su realidad, pues está destinado a su entera salvación, a su destino eterno, no puede reducirse a atender a los asuntos del alma —¿acaso pueden separarse alma y cuerpo?— La Iglesia, y de modo especialmente significativo el Santo Padre y el Colegio de cardenales que le asisten en el gobierno de la Iglesia universal, según el mandato recibido de Cristo, atiende al hombre desde su raíz. Por ello, no hay poder en este mundo comparable al suyo: sin este ir a la raíz, toda atención al hombre resulta a la larga inconsistente, y su destino es necesariamente el fracaso.

Sería penoso, por falso, entender el nombramiento de los cardenales en clave política, o desde simples criterios sociológicos o ideológicos, tan alejados de una verdadera y universal perestroika a la medida del hombre.