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A la sombra del ciprés y de la secuoya
Jubileo en Silos
Los monjes de Silos han empalmado dos Jubileos. El bimilenario de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo tiene allí continuidad justificada en el milenario del nacimiento de Domingo Manso, luego Domingo de Silos, que fue restaurador del monasterio y su abad durante 33 años (1040-1073). Y luego, como santo y taumaturgo, su gloria y su corona.

La comunidad benedictina ha diseñado un Año Jubilar —abierto desde el 20 de diciembre de 2000— de corte netamente espiritual. Cultos y catequesis que acompañen en la obtención de la gracia jubilar y que dejen huella interior en los peregrinos que acudan a la abadía castellana. Quieren que se perciba y que trascienda que Silos es, ante todo, memoria viva del santo abad Domingo y, a través de él, de Jesús de Nazaret. El arte, la cultura, el paisaje y hasta el canto gregoriano, ahora tan codiciado, son allí añadiduras. Gloriosas, pero sólo añadiduras. Como lo son los dos árboles que, aunque con desigual suerte y notoriedad, hermosean el recinto silense: el famoso ciprés y la casi ignorada secuoya. El primero, bien dentro; y la segunda, fuera del monasterio.

EL CIPRÉS SE GERARDO DIEGO


El tan celebrado ciprés de Silos es un árbol de la familia de las cuprasáceas de casi 25 metros de altura, aunque no es tan viejo como muchos imaginan. Fue plantado en el claustro monástico en 1882, cuando los benedictinos franceses vinieron a rescatar Silos de la postración en que le habían dejado los decretos desamortizadores de Mendizábal.

Plantado allí, en el vergel del portentoso claustro románico, el ciprés, enjuto y recatado, ejemplo de delirios verticales, ha tenido tiempo para hacer fortuna literaria. Hoy día presume de tener versos y endechas a centenares. En unos casos, registrados en los libros de visitas o de huéspedes del propio monasterio. En otros, dispersos por libros y publicaciones variopintos. Versos, unas veces de escaso valor, y otras, joyas auténticas de la poesía en sus variados metros y cadencias.

La mayor gloria le vino al ciprés del inefable y atildado soneto que en 1924 le dedicó, in situ, Gerardo Diego. Pero no fue don Gerardo, tan cristalino y cortés, el primero ni el único en prendarse del ciprés de Silos. En la nómina de poetas que han pasado por el monasterio y le han dejado al árbol sus requiebros figuran nombres tan sonados como Miguel de Unamuno, Rafael Alberti, Manuel Machado, fray Justo Pérez de Urbel, José G. Nieto, Bonifacio Zamora, Francisco Garfías, Ricardo G. Villoslada, José María Alfaro y otros muchos.

Y entre las lindezas que le han ido llamando, se espigan otras como éstas: galán de noche, chorro de nostalgias, paraíso del jilguero, antena de músicas remotas, esmeralda de cónica silueta, oración vegetal, arrobo monacal en canto llano, soberano ciprés de los cipreses. ¡Para morirse de gusto! Todo ello —poetas y poemas— está recogido en un libro —El ciprés de los poetas—, publicado por Norberto Núñez, OSB, en 1994, que requiere ya una edición ampliada. Con todo, bien cierto es que el soneto de Gerardo Diego fue y sigue siendo la guinda sobre la tarta poética en honor del ciprés silense. Sus catorce versos son orfebrería pura que ha operado una suerte de transustanciación. ¿Hay un ciprés real y otro virtual? ¿Cabe ya ver el ciprés de Silos sin pensar en Gerardo Diego?

El poeta lo compuso en Silos y lo dejó caligrafiado de su puño y letra el 4 de julio de 1924. Posteriormente introdujo algunas modificaciones de las que dio cuenta al monasterio. La versión que él mismo consideró definitiva es la siguiente:

Enhiesto surtidor de sobra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.
Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza,
hoy llego a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar mi alma sin dueño.
Cuando te vi señero, dulce y firme,
que ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales;
como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

Y ¿LA SECUOYA?


Pues la secuoya, mire usted por dónde, como si no existiera. Ningún poeta, ni grande ni chico, la ha tomado en cuenta. No figura en las guías. Los estudios sobre el monasterio no se ocupan de ella. En los libros de la hospedería monástica sólo una huidiza alusión que, para mayor oprobio, resulta equivocada. El poeta, sin duda antes de conocer el claustro, ha tomado a la secuoya por el ciprés.

¿Alguna razón para condenar a un árbol tan hermoso al menosprecio o al ostracismo? Diríase que no. La secuoya de Silos es árbol de gran envergadura y de porte majestuoso. Y, por si fuera poco, es una conífera de la familia de las taxadiáceas. Es decir, que, además, es exótica y aristocrática. Pero todas esas prendas de nada le han servido. Más aún, la secuoya es más alta que el ciprés, más antigua en el cenobio y con mayor esperanza de vida por delante.

¿No habría que hacer algo por ella, romper alguna lanza a favor suyo? Lo he pensado muchas veces, a su sombra, en mis estancias silenses. Pero sólo el 1 de enero de 2000 tomé la decisión de echarle un capote literario en forma de romance:

ROMANCE SILENSE DE LA SECUOYA QUE QUISIERA SER CIPRÉS


Un, dos, tres.
La secuoya y el ciprés.
Los dos en el monasterio,
ella fuera y dentro de él.
La primera está en la puerta
y el segundo en el vergel.
La secuoya tiene celos
del enclaustrado ciprés,
de su porte tan garboso,
de su talle de doncel,
de que se mire en la fuente
y hable con un capitel,
de que, llegada la noche,
duerman las aves en él.
Un, dos, tres.
La secuoya y el ciprés.
La secuoya, que es más alta,
alcanza a ver al ciprés.
Por encima del tejado
le mira el haz y el envés.
¿Acaso le falta a ella
algo que le sobre a él?
Sus ramas son más frondosas,
su tronco de más poder,
sus raíces más añosas
y se secarán depués.
Un, dos, tres.
La secuoya y el ciprés.
¡Si pudiera la secuoya
cambiarse por el ciprés!
Quizá, plantada en el claustro
—dentro ella y fuera él—,
le saliera algún poeta
como le salió al ciprés.
¿Habrá quien le haga un soneto
como el que le hizo al ciprés
aquel don Gerardo Diego,
tan cristalino y tan cortés?
Un, dos, tres.
La secuoya y el ciprés.
Por topar con un poeta
y desbancar al ciprés,
¿qué no haría la secuoya,
tan coqueta como es?
Lavaría su ramaje,
peinaría su altivez
y, si mucho le apretaran,
se volviera del revés.
¿Habrá quien le haga un soneto
para evitarle el traspiés?
Un, dos, tres.
La secuoya y el ciprés.
Los dos árboles de Silos
que con Silos hacen tres.

¡UN SONETO, POR FAVOR!

No sé si la secuoya se daría por servida con tan romance. Lo que sí puedo asegurar es que, divulgado y hasta musicado por un monje de Silos, nadie recogió el guante ni salió a la palestra con el suspirado soneto para redimir a la secuoya de su postergación.

Así las cosas, en una nueva estadía silense, opté por liarme la manta a la cabeza y obsequiar a la dama ofendida con un soneto. La ocasión era pintiparada: 1 de enero de 2001, al año justo de mi romance retador. El resultado fue el siguiente:

A la secuoya de Silos

(Con permiso de Gerardo Diego)

Mi Señora Secuoya a quien Dios valga,
no hayáis pena en no ser como el ciprés.
Dichosa habréis de andar, muy al revés,
Aunque un galán requebrador no os salga.
Gran matrona del Silos milenario,
su entrada cobijáis, cual abadesa.
Por ser más alta que él, antes os besa
el sol en su diurno itinerario.
Él es mudo fervor, vos estallido.
Del ciprés sois trasunto enardecido.
Él es la lanza, vos el parapeto.
Contad con él los versos de consuno.
Si resultan catorce —y tal presumo—
dejad de suspirar por un soneto.

¿Se habrá sentido mimada y desagraviada la secuoya? Ésa esa era mi intención. Comprendo que los visitantes y peregrinos que lleguen a Silos en este Año Jubilar tendrán muchas cosas que mirar y que sentir sin reparar en el árbol que guarda la entrada al monasterio. A mí me pareció que un gesto de compasión, aunque fuera poética y virtual, era buena manera de abrir en Silos su Jubileo milenario. Y, ya de paso, el novo millennio ineunte.

Joaquín L. Ortega