RetrocesoA&ONº 245/1-II-2001SumarioDesde la feContinuar
Ha muerto El Legionario
No tenía nombre siquiera. Le llamaban El Legionario porque saludaba al estilo militar, con una marcialidad patética. El Legionario era un mendigo que ejercía su oficio en la puerta de una iglesia del barrio de Salamanca, y sonreía con una triste mueca de agradecimiento a la pobres monedas que le daban quienes entraban o salían de la iglesia. El Legionario era radicalmente pobre, no tenía ese paradójico glamour de la mendicidad, que proporciona buenos ingresos a algunos mendigos afortunados. El Legionario era inocente y bueno, pero carecía de gancho y simpatía.

El Legionario ha muerto. El Servicio Municipal de Limpieza lo encontró, helado e inerte, una de estas gélidas mañanas del invierno madrileño, en su yacija de cartones y trapajos, en el umbral de una puerta del barrio de Salamanca, entre un Banco y unos grandes almacenes, dioses de esta era de la Prosperidad y del Bienestar (?) Nadie se enteró. El SAMUR lo retiró antes de que llegaran los clientes del Banco y los voraces consumidores de las rebajas. Tampoco lo echaron de menos los devotos de la iglesia próxima, que tienen otros pobres con quienes ejercitan la raquítica caridad de calderilla. Nadie habrá llorado a El Legionario.

La muerte de El Legionario deja un frío regusto amargo, como de acero y acíbar, en la conciencia. Pero será por breve tiempo, pronto olvidaremos el saludo marcial y la sonrisa patética de El Legionario. Otros legionarios ocuparán su dormitorio en la yacija de cartones y trapajos, entre el Banco y los grandes almacenes.

Ya sé que la mendicidad callejera no tiene solución, no la ha tenido en ningún país —en los paraísos de la riqueza y de la prosperidad, la mendicidad se apretuja en enormes guetos, junto a lujosas avenidas—. Las aportaciones individuales son una gota en el océano; los esfuerzos de las instituciones de caridad cristiana o de la solidaridad social se estrellan contra la incomprensión de la sociedad y contra la derrota, la pereza, la ignorancia y el vicio de los propios mendigos; los organismos estatales, aunque destinan cuantiosos fondos a la lucha contra la mendicidad, se confiesan impotentes… Pero esto no debe conformarnos ni tranquilizar la conciencia individual y social. Se impone una lucha incesante para proporcionar un techo a los sin techo y al menos una palabra amable a los huérfanos del más elemental cariño. Es la lucha más urgente y necesaria, no admite demoras.

Este comentario no quiere constituir un reproche, que, en todo caso, tendría que dirigirme, primero, a mí mismo; pretende ser una llamada de atención hacia tantos legionarios, que este invierno duermen al frío arrullo de la lluvia, entre la caricia helada de un revoltijo de cartones y trapajos, junto a las puertas herméticamente cerradas del Banco y de los grandes almacenes.

Descanse en paz El Legionario

Miguel M. Hueta Vivo