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Hace unos meses, el director de una revista italiana hacía la observación y parecía reprochármelo de que mis reservas con respecto a cierta teología posconciliar se habían acentuado. La observación era exacta, pero ignoraba la causa: esta teología se distancia cada vez más de las normas de la fe católica y de las enseñanzas mismas del Vaticano II. Esta teología no es, gracias a Dios, toda la teología posconciliar, pero, aunque no sea la parte más viva, sí es la que más ruido hace. Poderosamente orquestada por la mayor parte de los creadores de opinión, su acción destructora es considerable. No es exagerado afirmar que es una traición al Concilio: no lo prolonga, ni siquiera lo supera, en nombre de lo que ella llama a veces su dinámica o su espíritu: sobre todos los puntos esenciales, ya se trate de los misterios de la fe o de la constitución de la Iglesia, concretamente del episcopado, de la tradición, de la libertad religiosa, etc., defiende lo contrario. Sostiene y acelera ese amplio fenómeno, muchas veces denunciado desde hace unos diez años, de autodestrucción de la Iglesia y de la apostasía interna. Hay buenas personas que no le dan importancia. Incluso buenos teólogos parecen minimizar sus efectos y a veces apuestan por ella. No pongo en tela de juicio su buena fe, ni tampoco su valentía, pero deploro su aparente euforia. Varios propenden a creer que exagero y me cierro al hacerme viejo. Les respondo en sustancia que antaño, en circunstancias completamente distintas, me negué a doblar la rodilla ante sucesivos Baales, denominados maurrasismo, hitlerismo e integrismo; hoy veo que otros Baales, que han invadido el santuario, exigen también adoración, y sus servidores utilizan el mismo género de procedimientos que caracterizan al viejo integrismo de signo inverso, desde antes de 1914. |
| No me gustan ni la hipocresía, ni las intimidaciones de las presiones sociales, ni el terrorismo intelectual. No acepto que se cubran las peores empresas bajo el manto de las palabras mágicas de progreso, de marcha hacia delante, de apertura o de renovación. Lo mismo que el efecto de la edad: me parece que, por mi parte, no se trata en este asunto de simple talante individual, sino más bien de que siento una responsabilidad, ciertamente limitada pero grave.
TRAICIÓN AL CONCILIO
Ésta es la razón de que, en la misma medida en que repruebo todo tipo de oposición cerril, de dogmatismo estéril, de tradicionalismo oscurantista, de bloqueo político-religioso, y todo rechazo de evolución controlada y guiada por el magisterio vivo todo lo que Blondel designaba antaño con el nombre de veterismo, así también me alegro, aunque no siempre vea en ello el motivo esencial de mi esperanza, por las reacciones sanas que surgen del pueblo cristiano, incluso cuando son un tanto simplistas. Los manejos destructores encuentran una doble complicidad, que favorece sus estragos. Por una parte, hay una falsa idea de la apertura al mundo, descaradamente predicada como si fuera el pensamiento del Concilio, que quita a la masa de los fieles lo que siempre fue la fuerza de los cristianos más metidos en el mundo: la conciencia de su obligación de ser el alma vivificadora del mismo, para hacer de ellos unos pobres seres sin identidad, a los que arrastran a remolque. Hay, por otra parte, especialmente entre numerosos clérigos, una espantosa carencia de formación intelectual y de cultura, que los entrega sin defensa a las especulaciones más contradictorias, a las fantasías más pretenciosas, a veces brillantes como bisutería de pacotilla; las visitas a las librerías católicas y la recepción de innumerables multicopias, provenientes de oficinas privadas e incluso oficiales, lo atestiguan sobreabundantemente. LA FE DE LAS MADRES
Mis padres no eran ricos. Éramos seis hermanos. Nos educaron dentro de los principios de una estricta economía, pero estábamos envueltos por su ternura. Mi madre era una mujer sencilla. Había recibido toda su educación en el campo y en el claustro de un monasterio de la Visitación, según se acostumbrada entonces. Toda su cultura consistía básicamente en la tradición y en la piedad cristiana. Nunca vi en ella otra cosa que olvido de sí misma y bondad. Tras la muerte de mi padre, agotado por el constante trabajo, me dijo un día: Nosotros jamás tuvimos la menor discrepancia. Al quedar viuda, durante un cuarto de siglo la intimidad entre nosotros fue incrementándose. Cuando, en torno a 1950, un religioso indiscreto creyó que hacía bien inquietándola a propósito de mi ortodoxia y de mi conducta, ella le replicó dulcemente: Conozco a mi hijo y sé que será siempre un hijo sumiso de la santa Iglesia. Cuando supo que me habían elegido para el Instituto de Francia y, poco después, que me habían llamado a Roma para el Concilio, inquieta por lo que le parecían honores, las dos cartas que me dirigió me decían más o menos en los mismos términos: Ruego a nuestro Señor que te conserve en la humildad. Murió a los 95 años. Henri de Lubac |