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Por qué rezamos? ¿Por qué necesitamos pedir, desahogarnos, reclamar, exponer nuestra impotencia y suplicar a Dios que nos ayude?
Por supuesto, también agradecemos lo que nos ha concedido, y, entusiasmados, insistimos en que continúe prodigándonos favores. Tanto rutinarios y materiales como espirituales y emocionales: Danos mucha fe, Señor. Danos amor. Arregla tal problema. Quítanos tal sufrimiento. Y nos convencemos de que estamos cumpliendo con un deber. Pero olvidamos lo más importante. Es decir: que lo esencial no consiste tanto en rezar, pedir, dar gracias y sentirnos escuchados, como saber que, al rezar, lo hacemos porque Dios nos permite (e incluso nos invita) a que hablemos con Él. Ésa es la verdadera razón de la oración: la necesidad que Dios tiene de nuestro coloquio: que no le marginemos, que lo recordemos, que lo utilicemos, que escuchemos su invitación y la pongamos en práctica. Y es que Dios (que tan lejano parece), por lo contrario, no se oculta, sino que ha inventado para los humanos la mejor forma de acercarse a nosotros: el rezo. En suma, Dios quiere escuchar nuestra voz tanto como nuestro silencio, y sobre todo nuestro afán de pedir. Eso es, a mi juicio, la importancia de lo que supone rezar. Escuchar la invitación de Dios y no faltar a su cita. Mercedes Salisach |