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Garci está dispuesto a presentarnos en su programa de La 2 todo un ciclo sobre Hitchcock. A lo mejor nos descuelga Cortina rasgada de aquí a una semana y La ventana indiscreta meses más tarde... Será un ciclo irregular en su emisión, pero con un objetivo que ya adelantó en el programa de la pasada semana: procurar que las nuevas generaciones accedan a las obras maestras del cine. Darse de sopetón por primera vez con un obrón de las artes es una experiencia torrencial, fulminante, acompañada siempre por una retahíla de efectos secundarios. El mismo Garci dice que, cuando ve una película descomunal, se vuelve locuaz como un enamorado y hasta se le quitan las ganas de comer. La chica de Pretty Woman, una Julia Roberts azoradísima, se tuvo que levantar del palco por la emoción ante su primera representación de ópera. El Zefirelli niño que aparece magistralmente dibujado en Té con Mussolini es conducido hasta una sala donde atiende inerme a una variedad de obras procedentes de la gran tradición artística europea y se queda embobado, las palabras no le alcanzan
¿Cuántas veces hemos soñado con volver a ver una película como si fuera la primera vez?, o, por mejor decir, ¿retroceder en el tiempo para poder disfrutar de aquella primera impresión que tuvimos cuando se nos coló Vértigo hasta los tuétanos? Por eso, Garci, que es consciente de que a las nuevas generaciones les hacen falta referencias, piensa en esos jóvenes que no han visto Con la muerte en los talones, a los que ahora se trata desde las grandes productoras americanas como a cobayas de salón, probando con ellos nuevos formatos, con calcos de historias de encefalograma plano. Además, la suerte que tenemos con el bueno de Alfred es que nos narró historias de infarto sin subrayados técnicos que hicieran entorpecer el relato, sin malabarismos de cámara traídos a destiempo. El peso de su legado descansa en un maridaje perfecto entre la historia y el lenguaje fílmico. Y de un maestro siempre se aprende, porque se deja pelos en la gatera, versos de humanidad, biografías del alma. Una obra de arte es una columna dórica que invita a la reflexión. Nunca nos arroja a las nubes de la indiferencia, sino que nos desvela ese rincón de lo humano que invita a la trascendencia, a la seguridad de que el hombre no se agota en sí mismo ni puede definirse cumplidamente. Por eso uno se queda mudo ante una película de órdago a la grande, porque la mirada se le ensancha. Es igual que la experiencia del contacto con la belleza de la creación. En palabras recientes del Papa citando un pensamiento de la tradición judía chassidim: Dondequiera que vaya, ¡Tú! Dondequiera que me detenga, ¡Tú!... Dondequiera que me dé la vuelta, dondequiera que me maraville, sólo Tú, de nuevo Tú, siempre Tú. Javier Alonso Sandoica |