RetrocesoA&ONº 245/1-II-2001SumarioEl Día del SeñorContinuar
V Domingo del tiempo ordinario
Dejarlo todo, para tenerlo todo
El Evangelio de este domingo nos recuerda la llamada de los primeros discípulos. Curiosamente, en San Lucas, se sitúa después del pasaje de Jesús en la sinagoga que hemos venido comentando en las semanas anteriores, y después de haber realizado incluso algunos milagros más, como el de la pesca abundante. Mientras que, en los evangelios de San Marcos y San Mateo, esta misma llamada a los discípulos es lo primero. Algo es muy llamativo: la llamada de Jesús fue tan fuerte, y les causó tanto impacto, que les cambió la vida por completo. Pedro exclama: Apártate de mí, que soy un pobre pecador. Y el evangelista dice expresamente que estaban pasmados..., y que, dejándolo todo, lo siguieron.

Sin duda, los discípulos no entendieron hasta el fondo, y en plenitud, lo que significaba seguir a Jesús en este primer momento. Tuvieron que experimentarlo con toda su vida. Recuerdo las palabras de un escritor de nuestros días que afirma: Tener la verdad es empezar a sufrir; defenderla, empezar a morir. Pero bendita muerte, a los ojos de los demás, cuando lo que da es la Vida, con mayúscula.

Al igual que los primeros discípulos, en nuestra existencia, y en la de los demás, ha habido algún momento inicial de luz, de llamada, de experiencia fuerte en el que hemos sentido que el Señor quería algo de nosotros. Son, sin duda, momentos únicos, y vienen remitidos por acontecimientos, personas, lecturas, pensamientos, experiencias... Son momentos de lucidez, de transparencia, de conversión, en los que hemos experimentado la mano y el corazón del Señor. Por desgracia, en muchas ocasiones, dichos momentos iniciales no han sido avalados por nuestra vida, no han echado raíces. Y el Señor, que había sembrado en nuestro corazón, ve cómo su gracia, su don, no madura. Y nos entretenemos en pequeñas llamadas, o desviamos y centramos nuestra atención en otros ídolos: poder, dinero, placer, comodidad, etc.

Me recuerda este hecho una historia que me cuentan como verdadera: Cierto obispo necesitaba pintar un retablo para una iglesia nueva. Invitó al artista más afamado del lugar. Quería un Jesucristo de tamaño natural rodeado de algunos de sus discípulos. El artista salió a buscar un joven como modelo para la cara del Cristo. Encontró el modeló perfecto. Una sola nota pintoresca: aquel joven no estaba bautizado ni nunca había oído hablar de Jesús. Mientras posaba para el maestro, le preguntó quién era aquel personaje que estaba dibujando. El artista le habló maravillosamente de la persona de Jesucristo. Tanto, que el joven modelo exclamó: ¡Si realmente ese tal Jesús es como tú dices, tiene que ser alguien muy grande en tu vida! El pintor, ante aquellas palabras, derramó lágrimas. Porque se dió cuenta de la diferencia que había entre hablar de Jesús y ponerlo como centro en tu vida. Él hacía mucho tiempo que no practicaba ni se relacionaba con Jesucristo. Cuentan que aquellas lágrimas, nacidas del corazón, fueron el inicio de una nueva y sincera conversión.

Que el Espíritu esponje nuestro ser y nos haga fieles a nuestro compromiso bautismal y a nuestra llamada a seguir radicalmente a Cristo y a configurarnos con Él.

Raúl Berzosa Martínez