|
|
| El Santo Padre Juan Pablo II envió, el 1 de enero pasado, al cardenal Roger Etchegaray, conocido por su atención a los problemas sociales, para celebrar la Misa por la Paz en Jerusalén y para clausurar el Año Jubilar en Belén el día 2.
No se trata de hacer un balance del Jubileo celebrado en Tierra Santa. Tanto menos por tratarse de un balance espiritual: sólo Dios sondea los costados y el corazón. Las agencias de viaje podrán elaborar estadísticas y publicar sus presupuestos si lo desean, pero la perspectiva mercantil de Jerusalén, año 2000, no nos interesa. En Tierra Santa, nueve meses permitieron la llegada extraordinaria de peregrinos provenientes del mundo entero, y tres meses de sufrimientos han clausurado el Jubileo. Para Dios no hay desperdicios. El sufrimiento vivido por Israel y los palestinos debe tener un sentido. Para resumir el Año Jubilar vivido en Tierra Santa hay que recordar brevemente el significado bíblico del Jubileo. Se trata de la liberación de los esclavos, del retorno al proprio patrimonio, porque Dios es el propietario de la tierra. La dimensión social del Jubileo no puede ser ignorada. El evento central del Jubileo ha sido la peregrinación del Santo Padre a los Santos Lugares de la Redención. Esta visita del Papa ha permitido a todas las Iglesias de Cristo viviente en Tierra Santa olvidar por un momento su división y rezar un instante al mismo Señor. La peregrinación a los Santos Lugares estuvo precedida por la gran confesión de los pecados, el 12 de marzo, durante la cual la Iglesia quiso purificar su memoria antes de dirigirse a los hermanos judíos y musulmanes. La apertura del Jubileo dió lugar a una ceremonia ecuménica, lo que merece ser puesto de relieve en Tierra Santa, donde las Iglesias permanecen divididas. Otro punto positivo: la Iglesia-madre de Jerusalén acogió durante nueve meses a multitudes de peregrinos, recordándoles que sus raíces están en Belén, en Nazaret, en el Calvario y en el Cenáculo. Gracias a la presencia activa de seminaristas neocatecúmenos, la Custodia de Tierra Santa permitió a innumerables grupos celebrar la liturgia divina en los Santos Lugares. La Iglesia-madre puede decirse estaba contenta de volver a ver a sus hijos provenientes de por doquier. Todos se sentían en casa. Hay que poner de relieve de modo particularísimo el celo apostólico del Nuncio, que dedicó casi todas sus tardes a encontrar a peregrinos para recordarles, si fuera necesario, el verdadero sentido del Jubileo. En el año 2000 la Universidad hebrea ha abierto un centro para el estudio del cristianismo; y la Custodia de Tierra Santa ha abierto, en la parte nueva de la ciudad, la Casa de Simeón y Ana para los judío-cristianos. Dos signos contribuirán a acercar a cristianos y judíos. P. F. Manns, OFM |