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El 13 de enero del año 2001 quedará en la Historia como una fecha trágica para El Salvador: Como todos los compatriotas, estuve pegado a la radio tratando de comprender la magnitud del desastre. Luego realicé un recorrido de cinco horas por algunas de las zonas más afectadas. En el hospital San Rafael pude acercarme a hermanos y hermanas heridos, y sentí lo que es un país entero que se pone de pie ante la adversidad.
Mientras pasaban las horas, venía con frecuencia a mi mente el recuerdo del terremoto de 1986, cuando, bajo la guía de monseñor Rivera, creamos un Comité de Emergencia y escribimos un mensaje que era toda una consigna y un compromiso: Solidarios en el dolor y unidos en la esperanza. Así queremos afrontar esta nueva prueba: en una actitud de profunda solidaridad para generar esperanza. Como en ocasiones anteriores, se ha hecho presente la palabra del Papa, en telegrama enviado al señor arzobispo, quien se encuentra fuera del país. |
| Ya no te llamarán abandonada, ni a tu tierra desolada. Es inevitable leer estas palabras de Isaías teniendo como telón de fondo la tragedia del terremoto, que dejó nuestra tierra desolada y abandonada. Las familias que están velando a sus muertos o esperando con ansiedad noticias de lo sucedido en lugares particularmente castigados, podrían sentirse tentadas, en su desolación, a pensar que Dios les ha abandonado. Pero en su fe encuentran fortaleza para creer que, a pesar de todo, Dios mostrará su ternura y les irá llenando el corazón de su consuelo. A nosotros, seguidores del Cristo compasivo y solidario, nos corresponde ser signos de ese amor. Como dijimos cuando, en 1986, cayó por tierra la imagen del Salvador del Mundo, repetimos hoy desde lo más hondo del corazón de la patria: levantemos el alma salvadoreña.
Acabamos de escuchar las palabras del apóstol: Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Él lo aplica a la Iglesia, donde tenemos diversos servicios y ministerios: profetas y apóstoles, sabios y personas que tienen el don de discernimiento, pastores que guían al pueblo y cristianos que poseen el don de lenguas, etc. En tiempos de terremoto, podríamos hacer una nueva lista, porque el mismo Espíritu está suscitando una cantidad de iniciativas que no pueden ser fruto del mero esfuerzo humano. En la enumeración tendríamos que poner a los comunicadores sociales, a los cuerpos de socorro, a quienes sistematizan los datos de la realidad, a los funcionarios del Gobierno y a los voluntarios de la sociedad civil, a los diferentes partidos políticos y a los dirigentes gremiales. Un puesto especial está reservado a quienes, sin buscar protagonismo ni publicidad, tienden la mano desde su fe en Jesucristo. ¿Cómo conseguir que, al unirnos para afrontar la emergencia, logremos trabajar realmente movidos por el mismo Espíritu? UNIR MANOS Y CORAZONES
Es urgente pasar de la confrontación que nos ha polarizado en las últimas semanas, a la cultura del diálogo y de la solidaridad. Es urgente que superemos miradas a corto plazo y soñemos un futuro diferente, sobre todo para los más pobres. Es urgente que unamos manos y corazones en un proyecto común, porque el patriotismo auténtico tiene en estos momentos exigencias ineludibles. La furia de la naturaleza nos golpeó cuando estábamos entrando en una dinámica de confrontación casi suicida. La sabiduría que nace de la adversidad nos llama a la cordura y al diálogo sincero y creativo. Llegó la hora de pasar de la indiferencia al compromiso, dejando a un lado la protesta estéril, pero planteando con energía las más nobles propuestas sobre el país que debemos construir entre todos. El sueño maravilloso que nació en tantos corazones desgarrados por doce años de guerra cuando celebramos hace ocho años, un 16 de enero, la firma de la paz, tiene que renacer. Entonces nos pareció posible crear un país diferente, con instituciones fuertes y respetables, con una pasión inclaudicable por la justicia, con un compromiso compartido por la solidaridad. Llegó la hora de volver a ponernos en marcha, porque ese futuro es posible. Más aún, es una obligación. Como Jesús y María en Caná, así queremos afrontar los retos que nos plantea el terremoto. Primero nos meteremos de lleno en la tarea de la emergencia. Y luego pondremos manos a la obra en la tarea de la rehabilitación de los hermanos y hermanas que necesitan una palabra de consuelo y de esperanza. Vendrá finalmente la tarea más titánica: poner nuevas bases a la convivencia de los salvadoreños. Juntos debemos construir un país más justo y solidario, donde reinen la fraternidad y la verdadera paz. |
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