RetrocesoA&ONº 246/8-II-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver, oír... y contarlo
El paraíso perdido
José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es

Los inmigrantes se encierran en el límite de nuestras frustaciones personales y sociales. En los últimos días, los diarios editados en Cataluña, principalmente, nos narran una dramática constelación de historias, cargadas de incomprensiones, reales como la vida misma, en un paraíso no imaginado. Los protagonistas tienen ojos, nariz y boca, cara, rostro, como los rostros de la muerte en la playa de Tarifa. En el diario La Vanguardia, el pasado domingo día 4, Isabel Ramos Rioja entrevistaba a Ahsan Benamar, inmigrante marroquí. En la entradilla de la entrevista se lee: No vino engañado. Ahsan cogió el barco que cubre el trayecto Nador-Almería con tres amigos de Rachidia, del sudeste de Marruecos, sabiendo a qué se arriesgaba: a la felicidad y a la desgracia. Sabía que no todo era como lo había visto en la televisión y que había problemas. Que trabajar en la construcción, como ha venido haciendo a rachas desde hace año y medio, en Santa Coloma de Gramanet, era muy duro. Los compañeros que trabajan con él en los andamios son españoles. Después de casi dos semanas de huelga de hambre, está un poco cansado, pero se unió al encierro para mejorar la vida, "no para morir", dice con una media sonrisa.

Con los inmigrantes se encuentran los samaritanos de primera y última hora. En el ya citado periódico, el día 5 de febrero, el sacerdote Tomi Román, un cura joven que tiene claro el papel de la Iglesia en la sociedad, según afirma en el inicio de la entrevista Oscar Muñoz, define a los inmigrantes como personas que han dejado sus países por obligación y, a pesar de la complejidad política que supone un reto como el de la inmigración, la Iglesia debe abrirles sus puertas. Más adelante, preguntado por si esta forma de protesta, el encierro en las iglesias, cambia la manera de ver al inmigrante, responde: Por supuesto. Cuando se habla de la inmigración por la televisión, queda lejos, pero si el inmigrante está aquí cerca, cambia la perspectiva. Entonces es cuando aflora el racismo que todos tenemos dentro, y cuando hay que planterase el tema abiertamente y razonar. Aquí, de entrada, se acaba con los tópicos de que el inmigrante es sucio, huele mal o es un delincuente. Quien venga a la parroquia podrá comprobar que son personas limpias, agradables, muy educadas y agradecidas. Los niños que viene a la catequesis los ven y les preguntan. Este encierro está provocando debate y reflexión en el barrio, y eso es muy bueno.

Quizá me tachen de ingenuo si pregunto por qué los inmigrantes se encierran en los templos y no en las sucursales de los Bancos, en los edificios gubernamentales, en las sedes de las ONG, en los MacDonald o en los museos. Los párrocos barceloneses, implicados en los encierros, manifestaron después de un encuentro con responsables diocesanos —sin especificar qué responsables—, en el comunicado de prensa, que se adhieren y reiteran las palabras pronunciadas por el cardenal arzobispo, Ricardo María Carles, en el acto de oración de solidaridad con los inmigrantes celebrado el pasado viernes en la iglesia del Pi, de Barcelona. Las palabras del cardenal fueron: "En un nivel cristiano y eclesial, esta plegaria supone un apoyo a los inmigrantes, en un espíritu de solidaridad y compromiso con los más pobres y necesitados. Recomendamos a las instituciones que busquen caminos de solución, para resolver tanto como sea posible la penosa situación en que se encuentran estas personas y grupos. No apoyamos ninguna manipulación, venga de donde venga, de terceras personas o de grupos, que puedan pretender sacar provecho político, económico o de cualquier otra clase, de la situación de los inmigrantes. La solución al problema ha de pasar por la negociación y el diálogo. Actualmente, en la huelga de hambre en iglesias o locales parroquiales no tenemos garantías de las condiciones sanitarias indispensables y se producen problemas sanitarios graves".

En el artículo La termita demográfica, de Juan Antonio Fernández Cordón y Joaquín Leguina, publicado en el diario El País, del pasado sábado 3 de feberero, se nos recuerda que, en el supuesto de que el crecimeinto del empleo se mantuviera al ritmo observado en los últimos años, hasta el 2010, y que a partir de ese año el empleo creciera más moderadamente (un 0,6% anual), si no se retrasa la jubilación, la oferta de trabajo será menor que la demanda a partir del 2014, y del año 2022. (...) Sólo cambios rápidos, positivos y muy notables en a) la fecundidad, b) las inmigraciones, c) la productividad del sistema, o, mejor, todas ellas juntas, podrían atemperar el impasse que estos cálculos anuncia. Incentivar la fecundidad requiere de unas políticas públicas (ayudas familiares, conciliación laboral y familiar, vivienda, guarderías, etc.), que en España, digámoslo piadosamente, están en agraz.

Otro aspecto que debemos tener en cuenta es el planteado, en la Tercera de ABC, por Antonio Garrigues Walker, el pasado lunes, con su extensa colaboración sobre El eterno problema de las migraciones, que conlcuye así: El problema —digámoslo claramente— no es la ley. Puede que sea una ley poco generosa e incluso cicatera. Pero ahí no está todo el problema y, por ello, pienso que ha hecho bien el PSOE al no recurrirla ante el Tribunal Constitucional. Es una ley que, si se interpreta y aplica generosamente —y se puede hacer así—, permite lograr los dos objetivos básicos de estas leyes: de un lado, la aceptación de los inmigrantes que lo necesiten y que necesitemos; y de otro, el control indispensable de los flujos migratorios. Es cierto que España no puede abrir sus puertas sin límite y sine die. Pero aún es más cierto que tenemos la obligación de establecer una política de inmigración generosa y abierta; de intentar dirigirla a las áreas geográficas y a los países más decuados; de llegar a acuerdos de colaboración con esos países en cuanto a garantías de seguridad, control de las fronteras y persecución de mafias, y sobre todo y muy especialmente la de establecer una política de integración que permita tratar a los seres humanos como seres humanos.

¿Quién es mi hermano?, se preguntó alguien un día. ¿En dónde vive?; ¿para quién trabaja?, nos preguntamos nosotros ahora. Las imágenes con los cuerpos, empaquetados para un viaje de ida a la muerte, y sin regreso, de los inmigrantes marroquíes en Tarifa nos tiene que hacer pensar, en palabras de George Steiner, que, al colocar el infierno sobre la superficie de la tierra, nos hemos salido del orden primordial y de las simetrías de la civilización occidental.