RetrocesoA&ONº 246/8-II-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Con ocasión de la Jornada de la Vida Consagrada
Nos toca orar y trabajar
La amenaza constante de ETA sobre la paz y la libertad de los españoles, la trágica situación de los inmigrantes
que llegan a nuestro país, buscando una oportunidad para trabajar y vivir dignamente, y el estilo inhumano
e injusto de nuestro desarrollo económico, son las tres realidades sangrantes que destaca
el Presidente de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER), padre Jesús María de Lecea Sáinz,
en su mensaje con motivo de la Jornada de la Vida Consagrada, celebrada el pasado 2 de febrero,
día de la Presentación del Señor en el Templo. Ofrecemos el texto íntegro del citado mensaje:
La vida consagrada tiene su cita anual con toda la comunidad cristiana cada 2 de febrero, fiesta litúrgica de la Presentación del Señor en el Templo. Es la fiesta que popularmente llamamos de la Candelaria, porque fue María, la madre de Jesús, acompañada de José, su esposo, quien llevó al niño, apenas nacido, al templo para cumplir con la ley judía de consagrar todo primogénito al Señor en recuerdo de la liberación del pueblo la noche de su éxodo de Egipto para ser conducido hasta la tierra prometida. En este día, la Iglesia hace memoria de la consagración del Hijo, por la que quedó marcada toda su vida como obediencia al servicio salvador de los hermanos. Su consagración hace posible y significativa la nuestra, con la que queremos asumir toda nuestra vida a gloria del Padre y a servicio del pueblo, de los hermanos.

La Jornada está pensada como un acto de profunda comunión con toda la comunidad cristiana, donde pastores y pueblo de Dios se unen a los consagrados para agradecer a Dios el don de la vida religiosa y de toda otra consagración especial nacida del compromiso bautismal. Agradeciendo, nosotros nos sentimos también interpelados por nuestros hermanos de fe a vivir esta vocación en profundidad y gozo, testimoniando desde lo más interior de nuestro ser y libertad cuanto la consagración religiosa significa. Vivida desde dentro, nuestra vida de consagración se cuestiona igualmente sobre su aportación de experiencia espiritual y de compromiso humano en la Iglesia y en la sociedad.

En este año os invito a mirar hacia afuera, a nuestro alrededor. Otras veces, en nuestro hablar y expresarnos ante el mundo y la comunidad eclesial, hemos mirado hacia dentro, hacia el ser y quehacer de la vida religiosa que llevamos en el momento presente. Con la misma mirada ilusionada y penetrante, miremos nuestra acción hacia la comunidad y hacia nuestra gente, nuestro pueblo. En tres direcciones podemos concentrar hoy la mirada, dirigiéndola a tres realidades sangrantes de nuestro pueblo: el problema de la paz y de la libertad gravemente amenazadas por la violencia terrorista de ETA, la trágica situación de los inmigrantes que llegan a nuestro país huyendo del horror del hambre y de la pobreza extrema en sus países de origen, y las carencias de sentido humanitario que oscurecen nuestro desarrollo económico.

Ante las tres, nos toca trabajar y orar. Revisemos nuestra oración desde su puesta en práctica. Si rezamos por la paz, construyamos la paz. Si oramos por el pobre, seamos prójimos suyos. Si oramos por la dignidad del hombre, construyamos una sociedad justa y fraterna.

Como cristianos, somos llamados a ser ministros de reconciliación e instrumentos de unión de los hombres entre sí (Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium, 1). Lo que significa desautorizar y condenar toda amenaza, distorsión y violencia contra un semejante y su libertad, en su goce y expresión. Significa ser verdaderos artesanos de paz y de acercamiento. Significa sufrir con el que sufre, haciéndose prójimo de aquellos a quienes injustamente golpea más la cruel inhumanidad, la pérdida de sus vidas. Nada debe ser excusa para que decididamente contribuyamos a la cultura y el señorío de la paz.

Desde los comienzos de la historia de salvación, nos sacude la pregunta de Dios: ¿Dónde está tu hermano? Que la desazón por el sufrimiento del hermano no nos deje tranquilos hasta que nadie a nuestro alrededor, paisano o extranjero, goce del respeto y dignidad que nos debemos. Quien llama a nuestras puertas porque es extranjero y busca casa, trabajo, dignidad encuentre siempre la mano tendida, dispuesta a llevar adelante, hasta el final, su causa justa.

El desarrollo adquirido en la calidad de vida de nuestro pueblo no debe llevarnos a ignorar y desatender sectores de personas que no han llegado a este desarrollo. Sigue siendo verdad que al pobre siempre lo tendréis entre vosotros. Pobres en riquezas, en cultura, en salud, en conciencia moral. Todo esto cuestiona el estilo de desarrollo que se va imponiendo, con rasgos claramente inhumanos.

Orar y trabajar por la paz de nuestro pueblo herido por el absurdo de la violencia ciega, por los que vienen a nosotros buscando ayuda y por los que, a causa de un desarrollismo injusto, no alcanzan a gozar de una vida justa y digna entre nosotros.

Hermanas y hermanos, en el multiforme rostros de maneras de vivir nuestra consagración, en nuestra plural realidad que abarca desde el fuego a la entrega en el servicio a los hermanos hasta las brasas del corazón contemplativo que sólo a Dios venera, todos —como cuerpo del Señor— atendamos las necesidades, tristezas y esperanzas que compartimos con nuestra Iglesia y nuestro pueblo.

Jesús María de Lecea