RetrocesoA&ONº 246/8-II-2001SumarioCriteriosContinuar
Lo que ningún ordenador puede dar
El problema no está en cómo será el trabajo del futuro, sino en qué hombres y mujeres lo construirán: así respondía un asiático de 72 años, durante 13 prisionero del régimen comunista y que acaba de ser preconizado cardenal de la Iglesia católica, el vietnamita Nguyên Van Thuân, Presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, a las afirmaciones del hombre más rico del mundo, el joven magnate de Microsoft Bill Gates, en un interesantísimo debate, organizado por la patronal de empresarios italianos, sobre el futuro de la globalización. Frente al paradigma, según Bill Gates, de la informática, unida al talento, como clave de un futuro en el que se pueda mejorar la condición de la persona humana, el recién elegido cardenal afirma que el paradigma del hombre tiene que ser el mismo hombre, la persona y su dignidad.
Los poderosos de este mundo y la Iglesia católica parecen coincidir en que, ciertamente, se puede mejorar la condición de la persona humana. La diferencia está en qué significa mejor para unos y otros. El gurú del software explicaba que la informática es el mejor instrumento de la Historia para liberar la creatividad del hombre; si se tiene en cuenta que los ordenadores se convierten en instrumentos cada vez más potentes y más baratos, entonces se podrá acercar a los países y a los ciudadanos de todo el mundo. Se trata, pues, —para él— de superar las barreras de las injusticias con la tecnología. El prelado vietnamita, en cambio, señala que un futuro mejor no puede estar en el homo faber que produce y consume cada vez más. El trabajo —afirma— no es un fin en sí mismo. La producción material no puede ser infinita; no podemos continuar así, sin preocuparnos de quién fabrica los productos que nos llegan a bajo precio. Monseñor Van Thuân, desde luego, no habla de oídas.

El nuevo cardenal, para quien el trabajo ha sido una ineludible realidad en el Vietnam comunista, incluso sin sueldo, explica: Fui carpintero, por lo que pude hacer esta cruz que fabriqué y que escondí durante años en un trozo de jabón. Y después, campesino, artesano, profesor de idiomas de mis carceleros… No habla, ciertamente, de oídas cuando muestra un modo de ver y de vivir el trabajo humano y humanizador, que nada tiene que ver con el culto al dinero, capaz sin duda de construir sofisticadísimos ordenadores, en los que pueden chatear hombres y mujeres desde los puntos más extremos del planeta, pero incapaces, por sí mismos, de generar una comunicación verdaderamente humana. Este culto idolátrico al dinero, que está para servir al hombre y no al revés, no puede por menos que generar esclavos.

De modo genial, como es habitual en él, lo describe Mingote en la viñeta que ilustra esta página. Da toda la sensación de que la cuantía económica de los premios que se conceden, por ejemplo, en los concursos que proliferan en todas las televisiones es inversamente proporcional a la calidad de la sabiduría de los concursantes. Y claro, cuando la verdad es sustituida por el dinero, éste podrá generar hombres de oro, pero sin duda esclavos. Todo el dinero del mundo, sin un sujeto realmente humano, es incapaz de generar un gramo siquiera de ese tesoro que es la libertad. Ésta nace únicamente de la verdad. Es necesario —como concluía el Presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, en el citado debate con Bill Gates— cambiar completamente la cultura: volver a poner a la persona como sujeto de la economía y del trabajo.