RetrocesoA&ONº 246/8-II-2001SumarioDesde la feContinuar
Teatro
Como la vida misma
Carlos Arniches traspasa muchas veces las fronteras de la gracia e irrumpe en las zonas superiores del humor. Lo más admirable es que está de vuelta y se burla de todo en esta farsa política...

Así escribía José Luis Alonso en su nota para la reposición, en 1962, de Los caciques, que subía a las tablas de Teatro María Guerrero. Ahora, casi cuarenta años después, Los caciques, de Arniches, sube a las tablas del Centro Cultural de la Villa, de Madrid, de la mano sobria y maestra de Ángel F. Montesinos, en una especie de bien merecido homenaje a José Luis Alonso, cuyo montaje de entonces se respeta.

A alguno puede parecerle una obra vieja, pasada... Pero si ya entonces estaba de vuelta, ¿se imaginan ustedes a don Carlos Arniches escribiendo hoy Los caciques? Si ya entonces él fustigó con esta denuncia social y con esta farsa política —mucho más política que farsa— uno de los cánceres sociales más corrosivos de la época —entonces se decía lacra—, ¿qué no escribiría hoy? El miedo siempre ha dado mucho respeto y mucho juego teatral. Los españoles no podremos gritar con verdad ¡Viva España!, hasta que no hayan desaparecido todos los caciques: esto es lo último que al espectador le llega desde el escenario. ¿No les suena? Real como la vida misma, pero ahora mismito. Antes, los caciques tenían cortijos, sinecuras, leyes que les permitían poner multas, comisiones y políticas, que les permitían recetas para todo, pero les faltaba la cocinera; ahora, siguen teniendo lo mismo, y además, televisión digital, editoriales, periódicos, académicos y hasta algún juez que otro. Se ha progresado mucho; sobre todo, los que se dicen progres...

Arniches, al viejo estilo, fustiga las costumbres mediante la risa. Se ríe mucho el público, y aplaude y da con el codo al espectador cómplice de al lado. La escenografía y los figurines originales de Mingote siguen siendo tan restallantemente válidos como siempre. Sazatornil borda su personaje y Rafael Castejón hace un don Acisclo (el cacique) memorable. Hay que ser muy buen actor (como también lo es Marta Fernández-Muro) para servir tan eficazmente a unos personajes de cuando al caciquismo se le llamaba lacra social, en vez de legítima opción progresista de mercado.