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La elefanta más vieja guía la manada, así dice el documental. Se aprovecha de ese modo la experiencia adquirida para la supervivencia de la especie. Eso, tan sabio y razonable en los animales, se convierte de pronto en los hombres en un obstáculo, en un impedimento; la edad, la experiencia, son un problema. Y no debe ser así; es necesario algo de perspectiva para ver los problemas y los nuevos enfoques; si perdemos nuestra memoria histórica, dejamos de ser nosotros mismos
Nos parece normal que exista un guía pero, qué curioso, vivimos en un mundo en el que parece que los guías no son de buen tono; hemos visto hace pocos días que algunos periodistas se han sentido defraudados por la invasión del poder político en el cese de un Director de TV por su forma de dirigir. ¿Por qué parece tan molesto hoy día que exista un guía? En ese clima de exaltación del individuo por sí mismo, rebelde por definición contra todo, aunque sea bueno para él, ¿por qué extrañarse de esa dificultad para aceptar el papel de la autoridad? Y no digamos si se trata de guía espiritual; parece entonces algo viejo y caduco. Nosotros, los que creemos que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, no necesitamos decir que estamos sujetos a una actitud ante la vida que nos obliga a comprometernos, a entender la autoridad como servicio una ética que implica una estética, a defender una actitud vital no sólo de profesionalidad, sino de acatamiento de unos fines precisos, aunque luego, a la hora de la aplicación humana, se puedan interpretar la formas de conseguirlos. Se precisa un orden, un sentido del orden. Resulta que los medios de comunicación pretenden convertirse en guía de nuestra conciencia, como si sólo ellos pudieran detentar ese papel. Se han erigido en baluarte de nuestra salvación; pero, ¿quién nos salva de ellos? Durante años se han erigido en un poder fáctico para evitar los abusos de los poderes públicos corruptos. Pero, ¿quién nos protege de ellos, de los medios de comunicación? Debería haber un defensor del espectador, alguien que pudiera cuestionar el derecho de una cadena de TV a emitir una ejecución pública, a ofender la inocencia infantil con anuncios o programas; un código deontológico que definiera lo que ofende a la ética; aunque sea, una estética del buen gusto. La libertad de expresión no puede permitir que estas profesiones no tengan ningún freno, cuando, en definitiva, no son más que unas empresas, privadas en su mayoría, cuyo fin es la obtención de beneficios. Sabemos que, periódicamente, necesitan una guerra, porque venden poco, o porque la audiencia baja. Entonces colocan frente a nosotros una acumulación de hechos, o de juicios que, según ellos, son imposibles de soportar. Cuando ocurre una desgracia, se benefician económicamente, sacan todo el poderío de medios técnicos para cubrir la información; si hay sangre, nos la sacan en primer término. ¿Cómo podemos defendernos cuando asistimos a la guerra de los medios de comunicación por la audiencia, a la búsqueda de morbo sensacionalista, de amarillismo, todo disfrazado bajo esa capa de: Ustedes deben saberlo, nosotros se lo debemos contar? Sin duda, uno de esos medios es que cesen en las televisiones públicas a sus directivos, si exceden unas normas que se juzgan importantes. Debemos aprender a ver la TV con mirada crítica, sin descanso; es el medio por el que la realidad entra en nuestros hogares; la realidad, tal como a unos profesionales les parece; pero el carné profesional no es una patente de corso sin control ético, con sólo el beneficio económico o de influencia como fin último. La televisión se transforma en el Gran Hermano que todo nos lo cuenta, pero todo manipulado por sus intereses políticos, económicos, de influencia: ¡cuántos temas recientes no son sino guerras personales de los medios, en lugar de noticias! Fernando Juan Campos Roselló |