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Una sociedad eminentemente mercantilista, como en la que vivimos, presenta cuestiones de carácter ético que merecen unas reflexiones. El interés legítimo del empresario de obtener un beneficio y los derechos de los trabajadores provocan situaciones de tensión y, en ocasiones, de injusticia, tanto de un lado como del otro, por lo que tanto la actividad empresarial como las relaciones de trabajo deberían estar orientadas por criterios éticos, rehuyendo el beneficio injusto, al igual que las reclamaciones laborales fuera de razón y justicia. Empresario es la persona que, en nombre propio, se dedica como profesión al ejercicio de una actividad mercantil, comercial o industrial, con ánimo de obtener un lucro o beneficio, mediante la inversión y asunción de un riesgo, manifestando externamente, mediante los oportunos medios de publicidad, el ejercicio de dicha actividad y contando, para ello, con una organización, llamada empresa, constituida por un amplio conjunto de bienes patrimoniales puestos al servicio de aquella actividad empresarial. La empresa, como conjunto de bienes de producción puestos por el empresario al servicio de una actividad mercantil, es necesaria para el ejercicio de dicha actividad, como también es lícito que el empresario, que arriesga parte de su patrimonio y lo pone a disposición de dicha actividad, obtenga un beneficio. Dentro del marco de la empresa se integra el trabajo del hombre y la persona del trabajador. El trabajo es actividad propia del hombre, es un derecho natural del hombre. Es más, el trabajo del hombre corresponde al mandato del Creador: Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla . En ese someted la tierra se enmarca el trabajo del hombre, que cobra toda su dignidad de ese mandato que lleva consigo, en algún modo, la idea de colaboración del hombre en la obra de creación de Dios.
La Constitución española reconoce el trabajo como un derecho (y como un deber) de todos los españoles (art. 35), que desarrolla en otros derechos accesorios, como son la libre elección de profesión y oficio, la promoción en el trabajo, una remuneración justa y el principio de igualdad. Este reconocimiento constitucional obliga al empresario a respetar esos derechos, pero aun así, hoy sigue habiendo situaciones de grave injusticia. El afán empresarial de rentabilizar la inversión y de obtener un beneficio a toda costa, viene en ocasiones a quebrar esos derechos. Es curioso que la terminología que se ha extendido en nuestro entorno sociológico denote un talante de infravaloración del trabajo. Hoy se habla de mercado de trabajo y de recursos humanos. La dignidad del trabajo del hombre, su carácter de derecho natural y su reconocimiento constitucional quedan sin contenido real si se considera el trabajo del hombre como una mercancía, que se vende en un mercado, o un mero recurso empresarial, como un bien más de producción. |
| El trabajo es bastante más que un medio de producción y que una cosa que se vende en un mercado. ¿No sería preferible hablar de relaciones laborales, expresión que implica relaciones entre personas, y obviar la expresión mercado de trabajo, que hace referencia a la compraventa de bienes? ¿No sería mejor hablar de dirección de personal o departamento de personal, que se refiere de forma directa a la persona del trabajador, y no recursos humanos, que transmite la idea de que el trabajador es un recurso más en la estructura empresarial, equiparado a las máquinas, a las cosas? Las palabras tienen un valor y transmiten ideas, hay que tener cuidado con ellas. Es de desear que realmente el trabajo sea considerado en toda su dignidad, no como una mercancía. Sería también de desear el fin de la confrontación capital-trabajo, como dos realidades en continua lucha, incompatibles entre sí. Cierto que la relación de trabajo, como toda relación humana, puede tener momentos de tensión, por el encuentro de intereses, pero esa tensión no ha de comportar necesariamente lucha; tan sólo la búsqueda de soluciones. No se puede perder de vista que, sin trabajo, no puede haber empresa, aunque también es cierto que, sin capital, tampoco puede haber, en una sociedad industrializada, la posibilidad de empresa y de trabajo. Más que dos realidades antagónicas, el trabajo y el capital están llamados a entenderse.
Alberto Calvo Meijide |