RetrocesoA&ONº 246/8-II-2001SumarioEn portadaContinuar
Ética y realidad económica
Los niveles éticos y morales entre los responsables públicos de todo país han ejercido y ejercen una notable influencia sobre el nivel de progreso económico del mismo. Uno de los últimos premios Nobel, el economista hindú Amartia Sen, recibió este galardón de la Academia sueca precisamente por su contribución a la economía del bienestar, que ha permitido una comprensión de los mecanismos económicos que provocan hambrunas y pobreza, destacando la relación entre ética pública y desarrollo económico. Era una concesión singular, en la medida que se otorgaba a un profesor de economía dedicado a estudiar cómo las políticas de los Gobiernos pueden causar inanición, incluso cuando hay alimentos disponibles. Así, aunque sus análisis y estudios empíricos tienen utilidad universal, en este caso tienen como beneficiarios directos a los más de 500 millones de personas que, en nuestro mundo, padecen desnutrición crónica. ¿Por qué países como Botswana o Namibia han logrado evitar una oleada de hambre y, en cambio, Etiopía o Sudán siguen golpeando a la opinión mundial día a día con imágenes de niños desnutridos? Es una de las preguntas que formula Sen como pretexto para referirse al encuentro entre la economía y los valores éticos de los pueblos, señalando que la diferencia entre los primeros y los segundos, condenados a la hambruna, es la democracia, entendida como movilización colectiva.

Sus reflexiones sobre ética y economía pueden sintetizarse con sus propias palabras: las hambrunas tienen poco que ver con la escasez de alimentos, y mucho con otros factores económicos y sociales. Las hambrunas, difícilmente se producen cuando hay libertades políticas, porque una prensa independiente crea un estado de opinión que hace impensable que los Gobiernos no se muevan ante este gravísimo problema. La democracia y los valores morales no son un lujo en relación con el crecimiento económico, sino que mejoran la eficiencia económica y el bienestar de la población. El crecimiento económico necesita equidad, y ésta se hace más plausible con democracia. Los países con dictadura no tienen tanta eficacia como las democracias; y si fuesen más eficientes, no estaríamos dispuestos a valorar la democracia en términos instrumentales y a juzgarla por sus consecuencias sobre el rendimiento de la economía. La relación entre los sistemas políticos y el subdesarrollo, las libertades y el hambre, nos evidencia que donde hay libertad de expresión no hay situaciones generalizadas de hambre.

En este contexto, el trabajo, la salud y la educación como derechos sociales y económicos tienen que ser complementados con las libertades políticas y los derechos humanos. El objeto de estudio de la economía está relacionado con dos aspectos morales y filosóficos: el comportamiento de los individuos, no sólo en la búsqueda de su propio interés, sino también en cómo influyen las normas y valores que guían su comportamiento; y la evaluación de las políticas públicas, si contribuyen o no a los éxitos o fracasos de una nación, no exclusivamente en términos de PIB, sino en cómo afectan a la vida de las personas, a su bienestar. Por ello, un fenómeno económico como el paro tiene una vertiente ética, al ser socialmente injusto. ¿Es verdad —se pregunta Sen— que el autoritarismo funciona bien? Ciertamente, algunos Estados autoritarios (Corea del Sur, la China reformista) han crecido más rápido que otros menos autoritarios (India, Jamaica o Costa Rica), pero mucho depende de las circunstancias. Hay poca evidencia de que formas de gobierno autoritarias y la supresión de derechos políticos y civiles realmente sean beneficiosas para incentivar el desarrollo económico. Los estudios empíricos están lejos de probar la afirmación de que hay un conflicto general entre los derechos políticos y el desempeño económico. Las investigaciones estadísticas arrojan una correlación débilmente negativa, otras encuentran una fuertemente positiva. A manera de balance es difícil rechazar que no haya relación entre libertad y prosperidad; entre moralidad y desarrollo económico.

Concentrarse sólo en los incentivos económicos —que provee el sistema de mercado— ignorando los incentivos políticos y morales —que proveen los sistemas democráticos y los propios valores religiosos— es optar por un conjunto de reglas básicas profundamente desequilibrado. Para muchos responsables públicos se hace cada vez más difícil echar balones fuera, al hablar del atraso económico de su país, encontrando siempre responsables foráneos. Lo mismo ocurre en el interior de la empresa. Los trabajos sobre ética y economía contribuyen a situar a cada ciudadano ante su propia responsabilidad; consigo mismo y con su tierra, en un marco globalmente solidario.

Javier Morillas
Profesor de la Universidad San Pablo-CEU, y de la Escuela Diplomática