RetrocesoA&ONº 246/8-II-2001SumarioMundoContinuar
Juan Pablo II, ante los jueces de la Rota Romana
El matrimonio no es una forma
de convivencia más
Jesús Colina. Roma

Juan Pablo II confesó, el pasado 1 de febrero, su preocupación por el ataque frontal que, en algunos ambientes influyentes en la opinión pública, está experimentando la institución del matrimonio. La denuncia resonó ante una instancia significativa: los 19 jueces, los oficiales y abogados de la Rota Romana, tribunal mundial de segunda y tercera instancia para las causas de nulidad matrimonial.

El Obispo de Roma constató que en estos momentos se difunde la idea de que el matrimonio es una unión entre personas como cualquier otra, reduciéndolo a un dato puramente físico, biológico y sociológico, que es posible manipular mediante la técnica según los propios intereses.

El matrimonio, sin embargo, afirmó, es una unión de toda la vida, ordenada al bien de los hijos, y a la generación y educación de los hijos. Se trata, por tanto, de una realidad natural que se funda en la unión conyugal basada en la masculinidad y en la femineidad de los esposos.

Si, por el contrario, el matrimonio no es más que una simple costumbre biológica o social —añadió—, entonces se comprende muy bien cómo hoy día se trata de presentar las uniones de hecho, incluidas las homosexuales, como equiparables al matrimonio. En el matrimonio se encuentra involucrada también el alma espiritual e inmortal. Algo que los recién casados comprenden muy bien con ese Te quiero para siempre y que explica el motivo por el que Dios elevó esta unión entre dos personas (y sólo ésta) al grado de sacramento.

UNA PROPUESTA CLARA


La propuesta del Papa fue clara: el matrimonio es algo demasiado importante como para que quede atrapado en lógicas de interés ideológico o político. Las sobrepasa. Es más, es algo que afecta a toda la dimensión de la persona, de modo que es contradictorio el reivindicar una concepción diferente por parte de un creyente y de un no creyente, de un católico o de un no católico.

En su saludo al Santo Padre durante el encuentro, el juez decano de la Rota Romana, Raffaello Funghini, constató el creciente número de causas de nulidad presentadas ante ese Tribunal. En estos momentos, hay pendientes 1.024. Se ha experimentado un gran aumento de causas procedentes de los países de Europa del Este, especialmente de Polonia, en un 10 por ciento.

El Tribunal emite unas doscientas sentencias al año. Los gastos del 67 por ciento de las causas, en el año 2000, corrieron totalmente a cargo de la Santa Sede, un dato que contradice los rumores infundados de que la presentación de una causa de nulidad es sólo para ricos. Lo que sí es verdad es que, cuando se trata de ricos o famosos, como el famoso caso de Carolina de Mónaco o de Julio Iglesias, entonces el proceso de reconocimiento de nulidad matrimonial se convierte en noticia. De las 154 sentencias dictadas en 1999, el Tribunal reconoció que no había habido matrimonio válido en 74 casos, el 6 por ciento más que en 1998.

La declaración de nulidad de un matrimonio no es, ni mucho menos, un divorcio. Se trata de la constatación, tras la instrucción de un meticuloso proceso, de que nunca se dio auténtico matrimonio, a pesar de que haya habido ceremonia y arroz a la salida de la iglesia. Los motivos por los que esto puede suceder son varios y están bien especificados en el Código de Derecho Canónico. Van desde el matrimonio contraído por la fuerza, hasta la incapacidad psíquica para comprender lo que significa esta unión de vida.