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La de Tarazona es una catedral singular. Está aislada del antiguo recinto urbano, encaramado en un relieve elevado. Al otro lado, incluso, del río Queiles, que desciende de las cumbres del Moncayo. Alejada aún, contra la costumbre, del palacio episcopal.
Fue una de las primeras que se hicieron góticas, en fechas tempranas del siglo XIII, en la península. Es descollante entre los conjuntos mudéjares hispanos, por su claustro sin parangón, su torre, su cimborrio y su envoltura de juegos de ladrillo y de azulejos de color. Y resulta asombrosa para el arte del Renacimiento hispano, por el programa excepcional de pinturas que conserva su capilla mayor, único que queda de los contados que se sabe existieron de parecido tenor. Hoy se lleva a cabo una intensa intervención en la consolidación estructural del edificio catedralicio: cimentación, pilares, muros, arbotantes se refuerzan, asientan, complementan, con técnicas tradicionales y la ayuda de modernos medios técnicos. Se está en plena tarea de estabilizar la catedral, después de años de haber estado expuesta a muy serios riesgos. Pero, siguiendo las directrices globalizadoras del Plan Director, realizado en 1996-97 a instancias de monseñor Carmelo Borobia, obispo de la diócesis, se actúa también en la delicada superficie de las bóvedas, pintadas y doradas, y de los muros que cierran la capilla mayor. Una capa valiosísima de decoración frágil, en la que hoy se programa la minuciosa fijación de los pigmentos que forman el detalle de un pliegue, o un rasgo de un rostro, o un bucle del cabello de cada una de las figuras que componen este conjunto impresionante. Un conjunto de gran belleza concebido en 1562 para transmitir un mensaje final: la promesa de la venida del Salvador. |
| Se había pensado que era obra de un pintor de primera fila, avanzado y con los medios necesarios a su alcance para reflejar, tan de cerca como lo hace, la moda italiana. Un artista renombrado del ámbito regional. La relación con Italia podría darla un diseñador de tal origen que por entonces, los años centrales del siglo XVI, estaba al servicio del obispo Juan González de Munébrega. Pero hoy se sabe que las magníficas pinturas que revisten la capilla mayor fueron obra de Alonso González, pintor y decorador local, especializado sobre todo en la labra de yeso, una actividad de honda tradición en la zona, como manifiesta la amplísima extensión de celosías caladas de los vanos mudéjares del claustro, pertenecientes a una etapa artística anterior.
La actuación para devolver a su mejor estado el conjunto de esta soberbia decoración coincide, por lo tanto, con la incorporación de un nuevo artista de alto nivel al plantel de los más significativos del Renacimiento español. En 1562 una de las dignidades del cabildo, el arcediano Juan Muñoz, hizo el encargo a Alonso González. Su pretensión estuvo clara: se trataba de conferir al lugar más señalado y principal de la catedral, la capilla mayor, la dignidad que le correspondía. Pero también quedó en evidencia el medio por el que lo llevó a cabo su artista escogido. Las figuras tienen el empaque del gusto italiano tan admirado en la época. Se recortan, con corporeidad escultórica, sobre un fondo de oro que reproduce, intencionadamente, las teselas de un mosaico. La imitación sólo recuerda el efecto del brillo chispeante de las pequeñas piezas doradas y vidriadas de las obras musivarias originales, pero es suficiente para crear la sensación buscada de riqueza y de esplendor, los más fastuosos, propios de la naturaleza divina de la que se hacen símbolos. Los Profetas anunciaron la llegada de Cristo. Las oraculares Sibilas de la antigüedad clásica reiteran la evocación de esa promesa. Éste es el mensaje del conjunto de gran valor artístico que envuelve el ámbito del presbiterio, donde el Salvador se hace continuamente presente por medio de la liturgia solemnizada en la catedral. Marina Fernánde |