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Tengo 34 años, soy madre de familia y trato de continuar mi formación cristiana. Intento inculcar en mis hijos esa misma educación que me han enseñado mis padres. Es muy cómodo decir que no se enseñe Religión en los colegios, que ya lo aprenderán. ¿De quién?, es mi pregunta. Antes, los padres no tenían que enseñar nada, porque los hijos lo veíamos en casa. Nuestros padres asistían a misa los domingos, hacíamos las flores en el mes de mayo, incluso rezábamos el Rosario o íbamos al coro los viernes por la tarde. Quedábamos los domingos con las amigas para ir a misa y después dábamos una vuelta por el barrio. Pero, hoy, los padres ya no van a misa: ¿Para qué perder media hora? ¿Qué nos va a contar ese señor? ¿Qué voy a aprender "yo", si siempre es igual? No tenemos ese tipo de valores y, por tanto, es mejor no tocar el tema, son los comentarios habituales.
Mi hijo mayor recibe este año la Primera Comunión y, por ello, me he dado cuenta de todas estas cuestiones. Asiste a catequesis desde hace dos cursos, y tengo que luchar con él los domingos, para que vaya a la celebración de la misa. Las mamás asisten a la Eucaristía únicamente para acompañar a su retoño en esa difícil tarea de estar media hora quietos. Y si alguien se lo lleva, ¡muchísimo mejor!; así, no tengo que ir yo, que tengo mucho que hacer. Después de la Primera Comunión, en ocasiones, hay niños que no vuelven a hacer una segunda comunión porque, como sus padres no van a misa, pues ellos cierran ahí su capítulo religioso. Gracias a Alfa y Omega, los jueves, cuando mi hijo viene de catequesis, le pregunto qué ha aprendido, y le leo el Evangelio del siguiente domingo. Él trata de entenderlo no sé si lo hace. Y, después, cuando lo escucha en la iglesia, me mira y me dice: Mamá, ya me lo sé. Intento enseñarle lo que supuso la figura de Jesús para nosotros. Todavía no sé lo que supondrá para él, pero espero que no sea porque no lo ve en su madre. Margarita Manchado |