RetrocesoA&ONº 247/15-II-2001SumarioAqui y ahoraContinuar
Reflexiones en la era de las comunicaciones: El Salvador y la India
Examen a la globalización
Como vivimos en la era de las comunicaciones, hemos podido informarnos, sensibilizarnos y solidarizarnos
en estos días con la dantesca situación de pueblos tan diversos y tan distantes como el de El Salvador y el de la India.
Vivir en esa ya tópica aldea global, de la que nos hablaba hace medio siglo el ingeniero canadiense
Marsall McLuhan, y no en una pequeña porción aislada del mundo, como las generaciones anteriores,
nos ayuda a reconocer más claramente la realidad de la fraternidad universal
Juan Pablo II, en su amplio y consistente magisterio sobre la materia, valora enormemente esta potencialidad de la universalización mediatica, y para potenciarla defiende una mirada universal del periodista, que es inseparable de su preocupación por los grandes problemas y desigualdades sociales en el mundo, de la presencia de esta situación en sus informaciones y comentarios, de la sensibilidad por el tercer mundo. Y les sugiere un modo que huye tanto del sensacionalismo como de la insensibilidad: Hablad de este problema según su verdadera dimensión, la de la persona humana disminuida y mutilada. Sin buscar efectos inútiles, mostrad las soluciones posibles, lo que ya ha sido hecho y lo que queda por hacer.

Claro está, no se trata de una valoración sin matices. Juan Pablo II dice, respecto al desarrollo mediatico, que en esta época de veloz y rápido cambio cultural es posible ser tentados por dos opuestos errores: el de la aceptación acrítica e ingenua de lo que es nuevo, o bien el de la condena, de la renuncia, de la ausencia de responsabilidad creativa. Todos somos conscientes de que la era de las comunicaciones nos sitúa también ante nuevas formas de abuso de poder. Según uno de los padres de la teoría de la comunicación social, Alvin Toffler, estamos ante el más profundo cambio de poder de la historia de la Humanidad, de tal modo que un Gobierno puede encarcelar a un disidente o torturarle, sancionar económicamente a sus críticos y subvencionar a sus defensores, o manipular la verdad para obtener el consenso. Juan Pablo II habla, en este sentido, de avasallamiento, alienación, inmediatez irreflexiva, falsificación de la realidad humana y social, selección tendenciosa, intrusismo, manipulación del lenguaje, conductismo ideológico, etc… Pues bien, el tratamiento informativo de los terremotos de estos días en los medios de comunicación, además de haber servido de cauce para una inmediata información sobre lo ocurrido a ambos extremos del planeta, para una mayor sensibilización social, y para la puesta en movimiento de una solidaridad concreta, también nos ofrece algunos significativos ejemplos de los defectos, limitaciones y desviaciones estructurales de la comunicación social:

En primer lugar, a lo largo del año, las informaciones sobre los países del tercer mundo entran en la agenda seting de nuestros telediarios y periódicos sólo de terremoto en terremoto, salvando escasas ocasiones en las que se nos recuerda la corrupción política o las ventajas económicas de viajes exóticos, donde o el placer paradisíaco o el duende aventurero estén garantizados. Cuando, habiendo ocurrido ahora semejantes catástrofes, pasan a la primera línea de la información, nuestro concepto de estos pueblos tiene el peligro de llevarnos a la compasión y a la lástima de sus gentes, como pobres, pero no tanto a unirnos a ellos como amigos o como hermanos. La cercanía mediática no significa automáticamente cercanía humana.

En segundo lugar, no se cumple aquello de que a mayor globalización, mayor solidaridad: precisamente los vecinos ricos de estos países, contando con los mejores servicios de información y los mejores medios de comunicación, no son precisamente los más solidarios con ellos. ¿Los ricos no tiene nada que aprender de los pobres? ¿Los poderosos son sordos a la voz de los débiles?

En tercer lugar, la acumulación informativa de estas situaciones junto a otras noticias de mucha mayor dedicación e interés, desde la crisis de las vacas locas, hasta la supuesta paternidad de un tenista famoso, no es que ayude mucho a tomar conciencia de lo que ocurre, sino más bien a asimilarlo de modo frívolo, o al menos de modo descaradamente desjerarquizado. Como denuncia Juan Pablo II, los medios de comunicación a veces privilegian la inmediatez a la reflexión.

Este vivir al día de modo tan frenético como, en muchos casos, ridículo, supone un continuo y asumido rechazo a la capacidad humana de la asimilación, la reflexión, la confrontación, y en definitiva la comprensión de lo que acontece. Parece que aquello que para nuestro gran filosofo Xabier Zubiri era la clave de diferenciación de la naturaleza humana, la capacidad de hacerse con las cosas, lo pisoteamos continuamente cuando nos tragamos diariamente una cantidad ingente de informaciones, datos, opiniones, consejos publicitarios, sin que nos preocupe lo más mínimo lo que significan, lo que nos aportan, y en lo que realmente nos influyen. Ocurre, por tanto, aquello que Juan Pablo II describe como el riesgo de que vaya aumentando la distancia, incluso la ruptura, entre el modo de ser y las exigencias de la sociedad real, es decir, los seres humanos concretos que la componen, por una parte, y, por otra, las formas en las que esta realidad es presentada en los medios de comunicación social.

Este tipo de riesgos ponen a prueba la tensión entre el hombre determinado por la primacía de la imagen paralizante, receptor pasivo, y el hombre determinado por la mirada reflexiva y serena. Nos cabe la opción: implicarnos o defendernos ante la universalización de la información; cultivarnos o despersonalizarnos ante los mensajes que comportan visiones culturales determinadas, pero que son también presa de la inmediatez de lo inmediato; conservar el gusto por la belleza, el interés por la verdad, y el valor de la bondad, o dejarse llevar por la abrumadora plaga de la zafiedad, la falsedad o la inmoralidad.

¿Podemos encontrar un horizonte humano a la era de las comunicaciones? Para Juan Pablo II, es evidente que no podemos hablar de un progreso humano automático, proporcional a las potencialidades que ofrece la globalización, pues, aunque los actuales medios de comunicación aumentan mucho el alcance de la comunicación social, su cantidad, su velocidad, no hacen menos frágil ni menos susceptible de fracasar la disposición humana a comunicarse de mente a mente, de corazón a corazón. Pero reconoce a su vez que, si los medios son utilizados bien, las gentes pueden llegar a conocer la verdad y ser liberadas de la ignorancia, los prejuicios, el aislamiento y la violación de la dignidad humana, que tienen lugar cuando los medios de comunicación son manipulados, a fin de controlar y limitar el pensamiento del hombre.

Manuel María Bru