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Dios, con la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a la perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y, al mismo tiempo, en su poder de Creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana. El cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida.
La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos. No se reduce a la sola procreación de los hijos: se amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual y sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a los hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo. La doctrina de la Iglesia sobre la transmisión de la vida se encuentra hoy en una situación social y cultural que hace, a la vez, más difícil de comprender y más urgente e insustituible para promover el verdadero bien del hombre y de la mujer. Cuando el hombre y la mujer, en el matrimonio, se entregan y se reciben recíprocamente en la unidad de una sola carne, la lógica de la entrega sincera entra en sus vidas. Sin aquélla, el matrimonio sería vacío, mientras que la comunión de las personas, edificada sobre esa lógica, se convierte en comunión de los padres. Cuando transmiten la vida al hijo, un nuevo tú humano se inserta en la órbita del nosotros de los esposos, una persona que ellos llamarán con un nombre nuevo: nuestro hijo... nuestra hija... El proceso de la concepción y del desarrollo en el seno materno, el parto, el nacimiento, sirven para crear como un espacio adecuado para que la nueva criatura pueda manifestarse como don. El hijo no es un derecho sino un don. No puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido derecho al hijo. Sólo el hijo posee verdaderos derechos: el de ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y tiene también el derecho de ser respetado como persona desde el momento de su concepción. Cardenal Alfonso López Trujillo |