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No es posible alimentar a los herbívoros con carne, o desvirtuar la identidad sexual de hombre y mujer, sin que la naturaleza de las cosas pase su factura correspondiente. Y así sucede, necesariamente, con toda violación de ese orden natural, que estamos llamados a conocer, y a dominar poniéndolo a nuestro auténtico servicio, desde su propia verdad, no desde una voluntad aleatoria que, por ignorancia o por malicia, e incluso con la aparentemente mejor de las intenciones, se salta esa verdad; de lo contrario, los dominados seremos nosotros. Si el egoísmo decíamos en la portada de nuestro número anterior, respecto de la economía sale caro, más cara aún sale, sin duda, la violencia que lo genera. Los malos tratos en el hogar, y fuera del hogar, no surgen por generación espontánea. Una sociedad que violenta la verdad, como lo viene haciendo la nuestra desde hace ya unas cuantas generaciones, no puede por menos que generarlos. |
| Por doquier se habla de derechos, de igualdad de oportunidades para todos, y sin duda se considera dentro de lo políticamente correcto la tolerancia y los derechos de las minorías. En nuestra fragmentada cultura parece que sí quedan todavía ideas comunes: la defensa de los débiles, la primacía del Derecho sobre la fuerza, el derecho a la vida y a la calidad de vida, la libertad personal
; puede decirse que son ideas comunes a creyentes y no creyentes, pero basta una mirada a la realidad para descubrir que, en no pequeña medida, son pura retórica, ideas sin contenido real, cada vez más teóricas.
¿Acaso no son sistemáticamente violadas en el aborto y en la eutanasia, en los malos tratos fuera y dentro del hogar, en la droga y en la prostitución, en el terrorismo el etarra, y el más sutil contra la verdad, el bien y en la belleza que coopera a generar aquél? ¿Dónde queda la defensa de las minorías y de los débiles en el aborto y en la eutanasia; o en la competitividad inmisericorde del mundo de las finanzas y de la empresa; o en el abismo, cada vez más inmenso, entre países ricos y pobres ? Tras la fachada de una civilización aparentemente abierta, progresista y alegre esa fachada en forma de carteles publicitarios y spots televisivos con sonrisas de oreja a oreja y ambientes placenteros y felices, se esconde el dolor y la violencia de un mundo de esclavos, cada vez más difícil de ocultar. Esa fachada, cada día que pasa, tiene grietas más grandes. Sin embargo, existe una fuerza mayor que todo el mal del mundo; no está en la fachada, sino en la entraña misma de todo ser humano: la libertad, que se realiza precisamente en la adhesión a la verdad y crece en el ejercicio del amor, que está, justo, en las antípodas de toda violencia. Frente a la mano cerrada de un egoísmo que maltrata, será oportuno, y necesario, emplear toda la fuerza de la Justicia la actuación judicial contra esa plaga de los malos tratos, en palabras de un reciente editorial del diario El País, es el único camino que se le ocurre a la cultura dominante, pero a todas luces es insuficiente, e incluso del todo incapaz si el propio sujeto humano que la ejerce está también herido, de un modo u otro, por esa cerrazón a la verdad y al bien auténticos del hombre que, por muy pacífica que mantenga la fachada, lleva la violencia arraigada en el corazón. Sólo la misericordia que transforma las cadenas y los puños en esperanza, simbolizada en esa mano abierta de nuestra portada, y que representa una mirada diferente sobre el mal del mundo, es capaz de romper el círculo mortal de la violencia. Y la misericordia brota de la verdad que se ha conocido, amado y seguido. De lo contrario, hasta el mayor de los bienes se torna en la peor de las amenazas. La familia acaba de escribir José Eulogio López en "Hispanidad" es el mejor lugar para forjar la felicidad de un niño, pero la corrupción de lo mejor es lo peor, y cuando el ambiente doméstico se corrompe, se convierte en el peor lugar. Un padre que golpea a su hijo es como una vaca loca, que, en lugar de alimentar, mata. Amar y vivir la verdad de la familia, y de toda la realidad, que nos ha sido dada no la inventamos nosotros, es la única fuerza capaz de romper esas cadenas de los ojos del niño que ilustra esta página, devolviéndole la sonrisa que no es fachada, sino la más verdadera expresión de lo más hondo de su ser. |