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| Don Gaspar abrió el nuevo Catecismo de la Iglesia católica por el número 1066. ¡Con las ganas que tenía de que se publicase, por fin, el tan esperado Catecismo!
Bueno, antes que nada, les diré que don Gaspar es un católico de buena voluntad, que siempre quiere sentir con la Iglesia. Pues bien, en ese número 1066 leyó palabras como éstas: designio benevolente, misterio de su voluntad, misterio de Cristo, la economía del Misterio A don Gaspar, acostumbrado al catecismo de su homónimo padre Astete, una se le iba y otra se le venía. Comenzó a sudar su frente, y el libro se le caía de las manos. Pero, como el anciano de la tele que aún vestía de primera comunión, ¡no se rindió! Y acudió a don Aurelio, su buen párroco. Éste le devolvió la serenidad, y ya pudo don Gaspar seguir leyendo el Catecismo. Verdad es que todavía, de vez en cuando, acudió al párroco por alguna que otra palabra. Ya había comprendido que su cultura religiosa debía ir subiendo más arriba que el pequeño catecismo de su infancia, y que los libros doctrinales de su bachillerato. Supo que el designio benevolente del Creador es el plan amoroso que se propuso Dios al crear. Y que lleva a su realización dándonos a su Hijo y al Espíritu Santo para salvar al mundo y para gloria de Dios. Supo que el misterio de Cristo es exactamente esa voluntad amorosa de Dios, que se realiza en la Historia por medio de Cristo, y que conviene llamarlo economía del Misterio (o de la Salvación), siguiendo a san Pablo. Es decir, si hablamos como el padre Astete, decimos aquello de: Dios ha criado al hombre para servirle en esta vida y después gozarle en la eterna; y Dios es Salvador porque da la gracia y perdona los pecados; y Jesucristo se hizo hombre por redimirnos y darnos ejemplo de vida. Y también nos presenta la intervención del Espíritu Santo, por ejemplo, con sus siete Dones y sus doce Frutos. Así pues, don Gaspar ya leía con inteligencia y gusto aquel número 1066 y no le parecía tan difícil. Eso sí, prestaba más atención a lo que leía. Luis Blas Martínez |