RetrocesoA&ONº 247/15-II-2001SumarioDesde la feContinuar
Gustave Thibon, en la memoria
Una amistad fecunda
El escritor y filósofo francés, Gustave Thibon, falleció recientemente a los 97 años. En una veintena
de libros afrontó, con la radicalidad de una experiencia religiosa tamizada por la historia europea
contemporánea, los grandes interrogantes de la existencia cristiana: la presencia de Dios en la vida, el amor,
la fe, la gracia y la persona humana. María del Carmen Dolby Múgica, catedrática de Filosofía de Instituto,
e investigadora del Pensamiento clásico, en la Universidad de Navarra, ofrece este interesante artículo
sobre uno de los aspectos más sobresalientes de su biografía:
la confrontación de su pensamiento con el de Simone Weil
Dos filósofos franceses poco conocidos por el público en general, pero de gran envergadura humana e intelectual, Gustave Thibon, recientemente fallecido, y Simone Weil, muerta en 1943, se encontraron en los años turbulentos y terribles de la Segunda Guerra Mundial, cuando la familia Weil, por ser judía, se había visto obligada a huir de París a Marsella para, desde allí, dar el salto hasta los Estados Unidos, donde les aguardaba André, el hermano de Simone.

¿Cuál fue el motivo que puso en comunicación a estos dos seres de gran sencillez y profundidad intelectual y espiritual? La razón hay que encontrarla en la propia vida y pensamiento de Simone Weil. Profesora de Filosofía de Liceo, estaba llena de inquietudes sociales, que la llevaron no sólo a participar en acciones sindicales, sino a querer vivir las mismas condiciones de los obreros de las fábricas. Para ello dejó sus clases y trabajó como obrera durante algunos meses; minuciosamente lo cuenta en su Diario de fábrica y en su carta a Jules Romains, Experiencia de la vida de fábrica.

Para Simone el centro de una civilización humana perfecta, su utopía política, tendría que estar en el trabajo físico. Pero no tal y como se venía realizando en las fábricas: en cadena, por piezas, sin dejar iniciativa a la persona, y vacío de pensamiento, sino un trabajo que permitiera la atención, la iniciativa y, en definitiva, la reflexión y el orgullo de haber contribuido con una labor importante. Estas mismas inquietudes las traspasó al trabajo físico de los campesinos, y ella misma, estando en Marsella (1941), quiso tener la experiencia de obrera agrícola trabajando en una granja.

Así, a través del padre Perrin, al que conoció por una de sus amigas, Hélène Honnorat, pudo ponerse en contacto con Gustave Thibon, que tenía junto con su padre una granja familiar en Saint-Marcel d´Ardèche. El padre Perrin, cuya amistad se había afianzado con Gustave Thibon, le pidió que aceptara a Simone como obrera agrícola. Al hacerlo, era consciente de que, a pesar de las desavenencias políticas entra ambos, Thibon tenía la talla suficiente para dialogar con una mujer como Simone en temas tanto de filosofía como de teología.

Simone encontró en la granja de Saint-Marcel no sólo la amistad de Thibon, sino a su padre y esposa, una casa en la que vivían tres personas que se amaban. Seguramente de esta experiencia de amor hablaría Thibon en sus escritos. Allí pudo tener Simone, gracias a la gentileza de Thibon, un contacto real no sólo con ellos tres, sino con todo el país, con su paisaje y, sobre todo, pudo vivir la experiencia de la vendimia, que era lo que ella deseaba en esos momentos.

Pero ¿cuáles fueron las primeras impresiones de Thibon, al ver aparecer a Simone? La vio como un ser extraño que nada tenía que ver con su manera de sentir y de pensar. Estrafalaria en su vestimenta y equipaje, ajena a lo real, algo envejecida para su edad, pero con una profundidad y pureza en su mirada que le impresionó. Sin embargo, Thibon no se dejó llevar por esas primeras apariencias y supo ir descubriendo en Simone todos sus valores e inteligencia.

UNA HERMOSA ORACIÓN


La describió como alguien que es portador de una verdadera vocación espiritual, llena de fe, de desinterés y de ascetismo que, en ocasiones, volvía locos o hacía desesperar a los que la rodeaban. Descubrió en ella a una persona que respondía a una realidad sobrenatural en lo más profundo de su yo, al otro lado de lo terrenal. Thibon, hombre creyente y espiritual, no pudo por menos de darse cuenta de todos estos valores de los que Simone era portadora. Fue consciente, es verdad, también de su obstinación e inflexibilidad, y de su forma de ser algo distante, y quizás de su único vicio, el tabaco.

Pero ¿cuáles fueron los temas de conversación que los llevaron a una profunda amistad? Sin duda alguna, los espirituales y filosóficos. Les unieron siempre sus inquietudes más profundas, que iban desde Platón hasta la fe cristiana y la recitación del Padrenuestro. Juntos leían a Platón, y Simone le ayudaba a hacerlo en el original griego, dado que Thibon tenía más dificultades al respecto. Platón era visto por ambos como un místico y un precursor del propio cristianismo. Asimismo, Simone que, en aquellos años, vivía intensas experiencias religiosas, aprendió el Padrenuestro en griego, oración que veía como el compendio de todas las peticiones a Dios posibles. Así, queriendo hacer partícipe a Thibon de este descubrimiento, le abrió el Nuevo Testamento en el original griego en la página del Padrenuestro del evangelio de San Mateo. Los dos estuvieron de acuerdo en admirar la fuerza y la belleza de esta oración, y decidieron grabarlo en su memoria. En la Espera de Dios Simone cuenta cómo al recitar esta bella oración Cristo mismo se le hacía presente.

La amistad también les llevaba a críticas y discusiones. En una ocasión Simone, que se llevó algunos escritos de Thibon, no dudó en hacerle ver todo aquello que le parecía inapropiado, del mismo modo que a Gustave le gustaba en ocasiones contradecirla y negarse a seguir discutiendo con ella, comprobando que esto no le llevaba en absoluto a sentirse herida en su amor propio.

En definitiva, la relación que surgió de ese breve encuentro fue la de una auténtica amistad, a pesar de las diferencias que los separaban, basada en sus intereses más profundos y que en ambos dejaría una huella. Thibon se convertiría, junto al padre Perrin, en un testimonio vivo del pensamiento y de la vida de la filósofa.

Simone Weil cuenta lo que supuso su encuentro con Thibon, en una carta que le dirigió el 30 de julio de 1942, y que se podría resumir diciendo que Dios le ha dado, por medio de él, un poco de su pureza y de su amor, y que estos dones marcarían su vida.

María del Carmen Dolby Múgica