RetrocesoA&ONº 247/15-II-2001SumarioDesde la feContinuar
Televisión
Chao, chao, que no pasa nada
El nuncio del Papa en nuestro país, monseñor Monteiro, ha hecho recientemente unas declaraciones en las que califica de frívolo el contenido de nuestras series de televisión, debido al tratamiento tan superficial que hacen de las relaciones sentimentales. Ha dicho mucho más: Son culpables —palabras textuales— del aumento del índice de divorcios. Cuando se ha producido una ruptura de la unidad familiar, aparece la imagen de una mujer y un hombre que van por donde quieren, comparten pareja, se van con otros, como lo más normal.

Parece exagerado, pero la crítica no suena tan ingenua cuando caemos en la cuenta de que el hombre es una animal reproductor de propuestas e imitador de modelos. Evidentemente, no se puede acusar con el dedo a una serie determinada, porque el conflicto no es de chubasco local, sino de frente frío sobre la península, de humedad relativa del aire. Las fotografías de familias de las comedias de situación (sitcoms) adoptan una postura convenida de irreverencia ante el drama sentimental, con lo que no respetan la realidad y, en consecuencia, la adelgazan. Un matrimonio que, por la infidelidad de una de las partes, se descuaja como la corteza de un cedro no es un Vaya chica, nos salió mal, sino que supone una explosión emocional de 8,7 grados en la escala de Richter, con su consecuente emulsión de sustancia contaminante.

Con este espesor de verdad se expresaba Julianne Moore, en el papel de mujer infiel, en una escena antológica en la que dialoga con un abogado amigo. La película es Magnolia: Le he sido infiel a mi marido; y el abogado: La infidelidad no es un delito en EEUU; y ella: ¡Qué me importa, no entiendes nada, le he sido infiel, mi vida está rota! En esta misma línea, un animal de las letras como Antonio Tabucchi ha querido dejar constancia, en un libro en que hace las veces de entrevistado, de esa sacudida humana que supone la infidelidad: en el mundo moderno existe la tendencia de no hablar de la traición, no merece la pena porque, total, ya existe el divorcio. En nuestros días, los sentimientos han quedado relegados a un plano jurídico: el juez ante un caso de infidelidad sentencia tranquilamente la separación conyugal, y todo listo. A mí no me interesa el divorcio, sino la pasión. Porque la pasión humana, herida de muerte por la ruptura, expresa en gritos su desajuste. Es el tubo de escape partido que empieza a tiritar. En esas series indoloras en las que las infidelidades parecen un mero ejercicio de trekking, se nos está negando ese dolor necesario que impone la realidad de la fractura. El mismo Tabucchi ha dicho que, en el cine y la literatura, estamos llegando al fin de la tragedia y la estamos sustituyendo por el melodrama, más facilón, más inocuo, con su música y todo (melos).

Un personaje esencial en esta historia de frivolizar sobre las consecuencias de las rupturas sentimentales fue Andy Warhol, el gurú del Pop Art. Convirtió en reality-shows los problemas sentimentales de sus amigos. Tenía por costumbre grabar sus dramones para convertirlos en anécdotas, que tenían como objetivo la diversión y el entretenimiento de la concurrencia. Así, el drama quedaba desacralizado, desalojado y limpio de su auténtica mordiente. De nuevo, la tragedia deshabitada.

No me extraña que el psiquiatra Enrique Rojas venda tantos ejemplares de sus libros, ya que los ejemplos de casos de adolescencia sentimental que trae a colación para aderezar sus tesis son cada vez más frecuentes. La inmadurez afectiva propiciada por muchos arquetipos televisivos empujan al espectador al desarme sentimental, a una eterna inconsciencia en la que nada importa: no pasa nada, no pasa nada. Si vemos que el protagonista acaba de serle infiel a su esposa, no pasa nada; hace poco también había cambiado su dieta alimenticia...

Javier Alonso Sandoica